La Marea de Bronce (30)

En la pirámide de la muerte

 

El emperador se sentó en el trono de piedra y miro a cada uno de los hombres que lo miraban, unas escaleras más abajo.

—El brujo blanco ha llegado, acaba de cruzar el puente de los jaguares y se dirige a la plaza— dijo Tepultzin, el sumo sacerdote de Tenochta.

—¿Están los guerreros águilas apostados?— pregunto el emperador.

—Todos, señor. Los jaguares también, están en espera de la orden. Kalotl, general de los ejércitos del sur.

Tepultzin volvió a insistir. Las señales eran inequívocas, no podían negarse a recibir al shatsza, corrian tiempos de revelación que ni el dios Tonatiuh podía detener. El viejo hechicero blanco había salido de su montaña, las estrellas se mostraban alineadas como cuando los nagas invadieron Aztla y expulsaron a los hombres. La guerra que salvaría a esta parte del mundo estaba comenzando, y los tenochtas eran, tal vez, la parte más importante en esa conflagración. La mayor que hubo o que habrá entre hombres.

—Emperador, los shatsza son hombres amados por los dioses, Irtza, el que ahora recorre la ciudad para verte, es uno de sus maestros. Matarlo solo significaría iniciar una guerra que convertiría nuestro imperio en una pobre expresión de la grandeza. Las aguas del lago subirían para tapar incluso la gran pirámide y los nopales pasarían de nuestros estandartes a crecer entre los edificios. El brujo blanco no trae noticias, sabe muy bien que nuestros sacerdotes pueden leer las estrellas y medir el tiempo de los dioses, sabe que conocemos los acontecimientos de la guerra de los hombres de bronce, sabe que nos necesita, sabe que sin tenochtas y nahuas, la guerra no es posible. Por eso, no son las lanzas que deben hablar con él sino la astucia y la diplomacia. Tu, emperador. Puedes ser el primer hombre en reinar a ambos lados del océano, el primero que retorne victorioso a Aztla. Tu mano será la mano que decida el destino de tierras y hombres extraños, lejanos, tu, Matzam puedes ser el primer, verdadero emperador— dijo el sacerdote mirando a los ojos al emperador.

—Confío en ti Tepultzin, como lo hizo mi padre y como lo hizo Carmxcuma, el jaguar invencible. Hablaremos con el brujo blanco y llegaremos a un acuerdo a la altura de nuestras necesidades.

En ese momento, un soldado águila entro en el recinto y luego de hacer la reverencia ante el emperador aviso que el brujo blanco y su bestia ya estaban en la plaza y se dirigía a la pirámide.

—Lo recibiremos al final de la escalera, en la puerta del templo. El dios de la guerra será testigo de nuestro pacto— dijo el emperador y se levanto para salir hacia la explanada en la punta de la pirámide. Los tenochtas entraban en la marea de los hombres de bronce.

 

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