Perpetua en Eribea (30)

El Profeta había abierto una de las ventanas percudidas del faro, y habían salido al estrecho balcón circular. Desde ahí le había mostrado la salida del ducto más cercano, oxidado en el techo de hormigón.

Es imposible subir por ahí, dijo el Profeta desenrollando una gruesa cuerda de su bolso. Es largo, no hay de dónde agarrarse y en cualquier momento puede bajar una avalancha de basura que te arrastraría de vuelta hasta abajo. Somos pocos los que sobrevivimos a esa caída, hermano.

Pasó la punta de la cuerda por el tosco ojal de un gancho de hierro negro. Mientras la anudaba con firmeza, dijo:

Lo bueno es que todos los ductos tienen cámaras de inspección cada tanto, por si surgían obstrucciones de algún tipo. Así era más fácil determinar a qué altura era el problema, para llegar rápido y solucionarlo. Las conozco bien porque trabajé en la obra de algunas. Las cámaras de inspección de este ducto en particular están hiladas por una pequeña modificación que hicimos la Doctora y yo, y que nos costó bastante trabajo antes de entender que ya no teníamos por qué volver allá arriba. En realidad hicimos sólo la mitad del trayecto. Después, bueno… hubo otros que también quisieron subir, y fueron ampliando el túnel paralelo. Sólo cabe una persona, aunque se ensancha un poco en las cámaras de inspección. La primera está al ras de la desembocadura, en aquel saliente de allá. Vas a tener que llevar un par de herramientas por si hay algún derrumbe o algo trabado en medio. En la primera mitad no vas a tener problema. Después, quién sabe. Pero primero, dijo mientras empezaba a hacer girar la cuerda, hay que tener paciencia con el gancho.

Después de caminar dos cuadras ve pasar un monitor por una calle transversal, flotando a media altura. En cinco segundos el monitor cruza la calle por la que el Ciclón camina junto al bus. Puede que la esfera de cámaras lo haya grabado, pero al menos en el momento el monitor no emitió ninguna señal de alarma: la punta del aladelta no se desvió de su curso en ningún momento hasta perderse tras la esquina de la mano de enfrente.

Empieza a lloviznar. Al detectar el cambio, el bus de limpieza se frena con un bufido del compresor. Eleva los cepillos circulares, pasa a velocidad de crucero y desaparece rumbo a su garaje zonal.

La llovizna refresca al Ciclón, que sólo está a dos cuadras del domicilio que le hizo memorizar el Profeta cuando le dio el sobre cerrado con su mensaje. A cada paso, las gotas son más gruesas.

La entrada al monoblock C120-006 está cerrada. No hay timbres. El Ciclón se acomoda bajo la saliente de un galpón y espera. La lluvia ahora cae con toda su fuerza, pero al Ciclón no lo incomoda: su presencia familiar lo remite al momento de su nacimiento, menos de treinta y seis horas atrás. El agua lo tranquiliza.

Según el Profeta, para entrar iba a tener que esperar hasta la hora del delivery matinal. En Argirópolis casi nadie espera visitas a domicilio, al menos no sin previo anuncio virtual. Sentado en el piso, el Ciclón se quita el zapato del pie izquierdo y deja que la lluvia moje la herida. Tiene peor aspecto del que creía. Quizás mojarla no es una buena idea. ¿Qué tan buena es esa agua? No podía ser peor que el metal con el que se había cortado al pasar por la última cámara de inspección.

Fuera de este percance, se había encontrado a gusto en la oscuridad, trepando por el angosto túnel, y por algún motivo esa comodidad no lo sorprendió. No sufrió de nervios ni de claustrofobia al trepar paso a paso por las nervaduras excavadas en la pared. Ni siquiera se había desesperado al encontrar que el último tramo estaba taponado con una mezcla de escombros y filtraciones de basura sólida proveniente de la superficie, quizás reinyectada en el pozo a propósito para sellarlo, quizás sólo por mera decantación. Había sacado las herramientas y las había manipulado en la oscuridad como si en lo más profundo de su ser ya hubiera venido impreso el manual para emplearlas. La luz del soplete no incomodó sus ojos desnudos.

Sentía que había nacido para eso: para hurgar como un topo en las entrañas de un túnel, para tomar de esas entrañas todo lo que pudieran dar. Sólo que aquí no había minerales que extraer sino un continuo de cemento y metal atravesado por el trabajo paciente de hombres que, como una larga cadena de presidiarios, se habían ido heredando la oportunidad de volver a pisar las calles de Argirópolis, la ciudad que muchos de ellos habían levantado con sus propias manos.

A las siete aparece una moto de reparto. El chico saca un paquete del gran compartimiento térmico. Después apoya una tarjeta sobre la entrada a los monoblocks y pasa. A los veinte minutos sale y desaparece por donde había venido. A eso de las ocho, la calle ya está llena de toda clase de furgones y motos de reparto. No se ven comercios abiertos ni peatones por la calle: sólo repartidores. El Ciclón vuelve a calzarse y espera a que un nuevo repartidor ingrese al edificio. Se cuela tras él para buscar el departamento de Galia.

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