Bandera roja (30)

Después del encuentro con Sanchez estuve dos días encerrado en el hotel. Al tercer día salí a caminar y a robar algo que me permitiera pagar el alojamiento y la comida. Por suerte la gente seguía contaminada de la epidemia de euforia.  El común de las personas estaba a la vez  exaltada y descuidada. Según  los diarios, el triunfo final era inminente. Con una prosa inflamada se declaraba que, a casi doscientos años de su comienzo, la batalla final por la independencia volvía a librarse en Tucumán. Como el pueblo es tan optimista como desmemoriado, no recordaban que hace cuarenta años la prensa decía lo mismo, celebrando el régimen que ahora veíamos caer.

Cuando salía, el viejo de la recepción trató de darme charla, con algún comentario sobre los problemas de su sobrino. Lo despaché educadamente. El resultado de la expedición fue bueno, conseguí algo de dinero y comida, y demoré la vuelta al hotel paseando por Nueva Córdoba. Las casonas viejas estaban sucias y descascaradas. En los jardines y balcones asomaba la ropa tendida de las familias que vivían hacinadas.

De regreso al hotel tenía la sensación de que algo había cambiado, el viejo me miró con más atención, la cabeza erguida y los ojos brillosos. Entre las arrugas de su cara se podía suponer una sonrisa o una mueca. No me dijo nada. Descolgó la llave de la habitación del tablero y la dejó sobre el escritorio con un golpe. Al mismo tiempo fingía una carraspera. El hombre pretendía tener una complicidad, como si supiera algo que me implicara. Levanté la llave con cara de desentendido. Si alguien me emboscaba en la pieza, seguramente también estaba vigilada la puerta del hotel. Calculé que lo más lógico era resolver el inconveniente con la pistola veintidós, y después escapar por los techos.

Llegué a la habitación. La puerta estaba apenas entreabierta. Si habían venido por mi, no eran profesionales. Saqué la pistola, le quité el seguro, y a la cuenta de tres entré a las patadas. Roberta, sentada en la cama dio primero un grito y después empezó a llorar de una forma escandalosa. Por suerte la gente que paraba en el hotel estaba acostumbrada a alborotos peores, así que nadie se acercó. Mientras Roberta lloraba, mi cerebro trabajaba a toda velocidad tratando de resolver muchas preguntas: ¿Cómo había llegado? ¿A qué había venido? ¿Si esta mujer había recibido instrucción militar, por qué lloraba tanto cuando le apuntaban?

En vez de seguir haciéndome preguntas fui a calmarla. Cerré la puerta y dejé la pistola sobre un silloncito desvencijado. Me senté en la cama al lado de ella y le pasé el brazo por encima del hombro. Había dejado de gritar pero lloraba de forma espasmódica e hipaba. Tenía la cara húmeda de lágrimas, mayormente, y quizás algo de moco y saliva. El poco maquillaje que tenía se había desdibujado y caía arrastrado por las lágrimas, manchándole la blusa. Le crucé el brazo libre por delante para cerrar lo que yo pensaba sería un abrazo fraternal. Roberta paró de llorar. Apoyó una mejilla en mi barba y suspiró, largo y bajito. Después giró violentamente y puso su boca encima de la mía. Los dientes chocaron. Me mordió un labio. Sentí el calor y el gusto de la sangre. La agarré por la nuca y, tirando de su pelo, aparté su cabeza de encima de la mía. Respiré. Lo único que vi de su cara fue su boca. Una línea pareja de dientes por donde escapaba un jadeo rítmico. Alrededor tenía una mancha que podía ser tanto mi sangre como el maquillaje corrido. Sentí el impulso de lamer y después le metí la lengua en la boca. Los puños de Roberta me pegaban en la espalda. Ella también me agarró la cabeza con una mano, mientras la otra me sujetaba por la cintura. Por un momento pensé que iba a darme vuelta en la cama con una llave de lucha libre. Dejé la lengua quieta. Roberta movió la boca cerca de mi oído y habló:

—No vuelvas a dejarme, —dijo. Después se puso a jugar con los dientes con el lóbulo de mi oreja. Al rato volvió a hablar.

—Corré las cortinas y apagá la luz.

Me levanté una hora más tarde para ir al baño. Me miré en el espejo con la sensación de triunfo que se tiene después del sexo. Estaba contento. El único detalle que desentonaba era la boca hinchada y la mancha de sangre en una de las comisuras.

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