La Marea de Bronce (29)

Los dos pumas

 

Namun puso un pie atrás y se preparó para cuando el  puma decidiera saltar sobre él. Ambos se miraron por unos instantes. El felino enseñó sus dientes mientras Namun apretaba con más fuerza su lanza. Si el puma saltaba, sólo había una chance de herirlo, solo una. Eso era algo que también ambos sabían. El felino comenzó a caminar lentamente, buscaba el lugar preciso dónde su cuerpo alcanzara al hombre que seguía sus movimientos con lentitud, el lugar dónde su dentadura llegara a la carne sin que la muerte lo alcanzará antes.

De repente, Namun escuchó un griterío que venía detrás de él. Dos boleadoras cayeron cerca del puma, que olvido a Namun y se dio vuelta para salir corriendo hacia el este. Sólo cuando el puma estaba lo bastante lejos, Namun volteó para ver a Gogoche llegar junto a tres guerreros que por sus vestimentas identificó inmediatamente como tehuels.

—Namun. —dijo Gogoche con una sonrisa divertida en el rostro.

—Estaba por matar al puma hasta que lo espantaron. —respondió Namun.

—Si, claro cachorro. —dijo uno de los tehuels y lanzó una carcajada a la que se acopló su compañero.

—Son hombres de Kinnuel. —dijo Gogoche acercándose a Namun y tomándolo por el brazo. —Vamos. Nos esperan. —agregó.

Cuando llegaron al campamento, la modesta fogata que había encendido Gogoche se había convertido en un gran fuego que cocinaba de a poco, varias vizcachas y algunas perdices. Se había montado una tienda y en su entrada un gigantesco tehuel montaba guardia.

—Parece que nos encontraron antes que nosotros a ellos. —dijo en voz baja Namun, ya sentado frente a la fogata, dirigiéndose a Gogoche.

—Sólo que ellos no saben que los buscábamos Namun. De todas formas, tuvimos la suerte de encontrar a Kinnuel. La maaki me dijo que tratase de hablar sólo con él.

Un tehuel se acercó y movió las piezas de carne para que se terminaran de asar. Los miró y les dedicó una sonrisa. Namun tuvo la impresión de que los veían como niños y su ofuscamiento comenzó a crecer en su interior. Gogoche lo notó e intentó hablar con él, para que no hiciera nada que terminara con una buena cicatriz en el rostro del joven cazador.

—Dicen que, los tehuels y los ranquas son los mejores guerreros entre todos los huenche. —dijo Gogoche, mirando a los ojos de Namun para atraer su atención.

—Los ranquas son bandidos renegados y los tehuels nos dejaron solos en la batalla del río Gogoche. Solos.

—Lo sé Namun. Tu padre y el mío murieron allí. Lo sé muy bien.

—Llegamos tarde, cachorro, que es muy distinto a dejarlos solos. Kinnuel atacó una columna de sijers que se dirigía hacia sus toldos, por eso llegamos tarde. —dijo el tehuel, sin mirarlos mientras se ocupaba de las presas. —En instantes comeremos cachorro, que la caza que te impidió el puma sea una disculpa por nuestra tardanza. —agregó.

—No hay perdices ni ciervos que nos devuelvan a los nuestros, tehuel. —dijo Namun incorporándose.

—Tranquilo punchen. —dijo una voz grave, potente. —Lo que Huama dice es cierto. Cuando ibamos hacia el río, vimos una columna de soldados armadillo sijer que se dirigían a su toldería, la orden era hacer desaparecer a los punchen. Mujeres y niñas serían llevados a Zampam a trabajar como esclavos. Los hombres, ancianos y niños, debían morir. Las tropas de Rumanic  ya se habían marchado cuando llegamos al río. Envié a mis mejores rastreadores a seguir a su pueblo. Pero no los encontramos. Supimos luego que aún estaban vivos y la Confederación pensó en dejarlos rearmarse antes de ir tras ustedes. —agregó el hombre alto, cuyo pelo grisáceo flameaba con el viento a pesar de que la bincha roja lo aprisionaba.

—Kinnuel. Señor de los tehuels. —dijo Namun con respeto.

—Así es. Y tu nombre es Namun, cazador punchen.

—Si señor.

—¿Y tu muchachita?

—Gogoche, señor. Aprendiz de maaki.

—Bien. ¿Qué hacen en las llanuras, tan lejos de sus toldos?

—Estoy buscándolo, señor. —dijo Gogoche anticipándose a Namun. —La maaki me envió para hablar con usted y hacerle un pedido.

—Habla mujer.

—La maaki me indicó expresamente que sólo hable con usted a solas.

—No veo la necesidad de ocultar nada a estos hombres. Pero las brujas saben cosas que los hombres desconocemos. Pasa a la tienda muchacha. Hablaremos allí. —dijo Kinnuel señalando la tienda.

Gogoche se dirigió a la tienda sin mirar a Namun que parecía desconcertado. Kinnuel entró después de la muchacha y los hombres se acercaron al fuego. Sin esperar al jefe, comenzaron a comer. No tardó mucho para que la primera broma sobre lo que pasaba en la tienda entre el viejo guerrero y la joven Gogoche llegara a la ronda. Namun se ofuscó, y enfrentó a los hombres. Jurá, el más grande de los tehuels reunidos junto al fuego, lo calmó con un tremendo golpe en el rostro. Lo próximo que vería, al despertar sería el rostro de Gogoche, ventilándolo para que pueda reanimarse.

 

 

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