La Marea de Bronce (28)

Namun y Gogoche

 Namun corría hacía más de una hora sin parar. Khona le había ordenado alcanzar a Gogoche antes de El Lagunal y protegerla al menos hasta que la aprendiz de la maaki pudiera hablar con Kinnuel. Al fin, cerca de la media tarde, alcanzó a ver a la muchacha que caminaba mirando el suelo sin prestar mucha atención a lo que sucedía alrededor. La verdad, no parecía necesario. En la llanura se podía observar mucho mirando poco, escuchar antes de ver, oler antes de que algún peligro asechara.

Namun silbó y Gogoche, con toda tranquilidad, se dio vuelta para hacerse visera con la mano derecha y observar mejor quién era el autor del silbido.

—Namun. —dijo cuando esté estaba a menos de dos metros. —¿Qué haces aquí?

—Vengo de parte de Khona, la maaki le pidió que te ayudáramos a llegar a El Lagunal. —dijo Namun sonriendo. No sólo por servir a Khona se había ofrecido a acompañar a la joven mujer. Gogoche había estado siempre en sus silenciosos pensamientos.

—¿La maaki les pidió eso? —preguntó Gogoche un tanto desconcertada.

—Si. Y Khona. —reafirmó Namun.

—Bien. ¿Sabes a que vengo a El Lagunal? —preguntó Gogoche.

—No, Gogoche, pero creo que no hay muchas respuestas posibles a eso. La Confederación se reúne aquí. Seguramente llevas noticias de Mhuencalfú para los jefes punchen.

—Un poco sí, un poco no. —respondió Gogoche y sonrió. Namun creyó que iba a caerse de rodillas cuando vio esa sonrisa. Iba a decirle algo, pero sintió con claridad que no era el momento de ponerse personal con la aprendiz de maaki.

—Como sea, estoy aquí para acompañarte. El Lagunal no queda lejos pero creo que es mejor que hagamos un fuego y pasemos la noche aquí. Puedo cazar algunas vizcachas o algunas liebres.

Gogoche asintió moviendo la cabeza y comenzó a recoger ramitas y yuyos para prender el fuego. Namun se apartó un poco para cazar, dejó las boleadoras con Gogoche y sólo llevo la lanza.

Con el ánimo de llevar algo portentoso para Gogoche, Namun se alejo muchísimo del improvisado campamento. No prestó atención a nada más que las presas, un error tonto para un cazador como él. Un error del que no se percató hasta que sintió el poderoso ronroneo de un puma, que lo miraba unos cuantos metros delante de él.

 

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