Perpetua en Eribea (28)

La gran tapa cuadrada cede luego de varios golpes desde abajo. Cuesta correrla: sobre ella hay varios kilos de basura inorgánica. El Ciclón emerge entre montañas de desperdicios apiladas entre las altas espaldas de dos edificios. Argirópolis no le da una primera impresión muy diferente de la que tuvo al llegar a la Martinga. Las pilas de basura se inclinan hacia el enorme embudo de hierro, herrumbrado y maloliente, cuya fosa sin fondo ocupa el medio del callejón. El sol, que él ha visto salir esa mañana, ahora no se ve. Arriba, su débil luz sólo dibuja un parche de nubes grises.

Sale del ducto paralelo con gran esfuerzo de brazos. Casi no puede apoyarse en el pie lastimado. El sudor le pega el plástico del poncho a la piel, en especial en la espalda, donde trae la mochila con las pesadas herramientas y la ropa limpia que le dio la Doctora. Vuelve a poner la tapa en su lugar, y la cubre con algo de chatarra liviana.

Trepa el portón metálico que clausura el callejón. Está diseñado para ser abierto por grandes máquinas automáticas de limpieza, y tiene una altura inhumana. Sin embargo al Ciclón no le es difícil llegar hasta la parte de arriba, gracias a las rampas de basura que se amontonan contra este lado de la chapa. Por el lado opuesto, la bajada por la reja requiere más cuidado y paciencia: de ese lado el callejón está limpio, salvo por algunos regueros de residuos menores, desperdigados al ras del piso. Al otro extremo del callejón ve la avenida iluminada que le indicó el Profeta. Antes de aventurarse a salir, busca un reborde de sombra en la pared, se quita el poncho de plástico y comienza a vestirse. La sensación de ponerse ropa limpia sobre el cuerpo sudado —o un zapato en un pie que tiene un corte en la planta— no le resulta agradable, pero retira ese malestar de su mente tras evaluar la necesidad de hacerlo: en su cabeza, el resultado del cálculo es uno.

El jean y la remera le quedan bien. La última prenda que se pone es un gorro deportivo de spandex gris plomo, que en grandes letras amarillas tiene bordada la palabra Charrúas en un costado. Así disimula un poco la ausencia de sus orejas. Esconde la mochila (con el taladro y el soplete-soldadora) tras un contenedor metálico. Después espía un rato antes de salir a la avenida. No ve a nadie. Tampoco detecta monitores, o lo que el Profeta le ha descrito como tales durante su caminata hacia el faro de la Martinga.

Por fin  desde la esquina aparece un bus de limpieza, repasando el asfalto con sus gemidos de vapor y sus ocho cepillos circulares. El Ciclón sale del callejón y se le pega para caminar al mismo ritmo de su avance, semiescondido entre su flanco metálico y caliente y la pared de galpones cerrados. Así le ha dicho el Profeta que puede evitar el escáner y los monitores. Renguea ligeramente. Tiene que llegar a unas pocas calles de ahí antes de que se abran las persianas metálicas y comience la actividad matinal de los deliveries. Aunque tuviera el pie sano, no debe correr ni llamar la atención. Demasiado ya ser el único ser vivo caminando por la calle a esa hora. No hay perros ni gatos ni ratas, ni se escuchan pájaros, al menos todavía. Los edificios de la zona son monoblocks poco gráciles y abigarrados, de diez o quince pisos, enanos si se los compara con los rascacielos que se ven a cierta distancia: agujas de vidrio y acero en torsiones esbeltas, cuyas terrazas se pierden entre las nubes cargadas del nuevo día.

El Profeta también le había descrito esos edificios. Muchas veces más altos que este viejo faro muerto, le había dicho resoplando mientras subían el caracol de la escalera. Son fáciles de ver, es fácil llegar hasta sus puertas, pero no es nada fácil entrar. Por lo menos no sin ayuda. Entregá mi mensaje y ella te va a ayudar.

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