Bandera roja (28)

Antes de que Roberta se despertara le dejé una nota explicándole que partía en una misión especial y que no iba a verme por unos días. Recogí la poca ropa que había conseguido desde que me había instalado con ella y me fui. Junto con la nota le dejé un poco de dinero.

Encaré para la zona de la vieja terminal de ómnibus y busqué alojamiento en una pensión roñosa de la calle Velez Sarsfield. No tardé mucho en darme cuenta por los ruidos de que el local funcionaba como albergue transitorio para parejas y que además estaba infestado de ratones.

Los dos primeros días no salí mucho. Tampoco descansé. Los gritos de las otras habitaciones no eran el problema. Era mi propia actividad mental la que me quitaba el sueño. Empecé a diseñar un plan para llegar hasta Johnson. Tenía que tender algún tipo de trampa que me permitiera entrar en contacto sin convertirme en un blanco fácil. Al tercer día de estar encerrado, el viejo desdentado de la recepción me comentó una noticia que me dió la idea que necesitaba.

El hombre me contó que estaba preocupado porque su sobrino bebía demasiado. Que tenía miedo por el chico, porque hablaba de cosas imposibles, deliraba. Le había relatado que, paseando por el parque Sarmiento de noche, con unos amigos, vieron salir una mujer del agua de la laguna Crisol. Estaba desnuda y se les acercó. El chico corrió por las dudas. Cuando encontró un lugar seguro vio como la mujer agarraba del cuello a uno de sus amigos y lo arrastraba al agua.

-Ya ve -dijo el viejo-, hace seis meses era un pibe normal, y ahora seguro se está metiendo alguna droga que le hace ver pelotudeces.

Le di la razón al viejo y simulé estar ocupado en algo para cortar la conversación. Ahora tenía un buen dato: en el parque había uno o varios kappas que no estaban respetando la tregua. Si esto era así, el gobierno u otros vampiros  los estarían vigilando. Me bastaba con liquidar uno para que apareciera alguna brigada.

Aunque tenía la idea, no sabía por donde empezar. Decidí echarlo a suerte. Cara: esperaba en el hotel y pulía el plan; número, pasaba a la acción improvisando.

Salió número.

Esa noche, después de cenar, me fui al parque. Compré una cerveza en un puesto de choripanes y seguí camino hasta la laguna. Hacía como que tomaba pero en realidad me humedecía la ropa con la cerveza. Quería parecer borracho para que los kappa pensaran que tenían ventaja. Cuando llegué al borde de la laguna me senté a esperar en el embarcadero de los botes a pedal. Pasó una media hora sin que nada se moviera. Después de quince minutos más sentí ruidos. Me palpé la sobaquera para confirmar que la pistola estuviera en su lugar. Volví a escuchar ruidos. Claramente venían del agua y muy cerca de mi. Me quedé quieto y vi aparecer un kappa joven. No era demasiado grande y además, parecía demasiado confiado. Lo dejé llegar a un metro de distancia  y ahí le disparé un tiro a la boca. Cayó de espaldas en la parte baja de la laguna. Lo dejé vivo para que gritara un buen rato. Cuando consideré que había hecho suficiente escándalo, lo arrastré hasta la tierra y lo rematé de un balazo entre los ojos. Volví al embarcadero y me senté a esperar.

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