La Marea de Bronce (27)

Ixticuma

 

La calle se estrechaba hacia el sur, donde las casas terminaban y la tierra daba paso a las interminables islas terrazas donde se cultivaba toda clase de alimentos. La casa de Ixticuma era la última de la calle. Su patio trasero daba al lago, donde solía pasar  horas mirando las aguas y las canoas de los campesinos mientras cultivaban o cosechaban las terrazas según la estación del año. De niño, solía pasar horas al lado de su hermana, que se ataba una tanza al dedo gordo del pie y pescaba con una expresión de aburrimiento que siempre lo divertía. Hacía mucho que no la veía. Estaba casada con un capitán de Tlexcala y vivía allí con sus dos hijos.

Volvía apresurado, casi corriendo para ver a su familia. Su madre estaba en el patio preparando el almuerzo y las tres esclavas mesacas la ayudaban en silencio. Su padre estaba sentado en la puerta del dormitorio principal, descansando del calor entre las frescas paredes de piedra. Ixticuma entró sigiloso en su casa pero su madre lo divisó y lanzo un grito de satisfacción. Su padre se incorporó entonces y lo miró desde el marco de la puerta.

—Hijo. —le dijo en voz grave, algo cascada por su edad.

—Padre. —respondió Ixticuma. —Mañana partimos a la guerra contra los cacicazgos kimecas, los maestros de la guerra me han dejado venir a saludarlos.

—Trae agua mujer. —dijo el padre dirigiéndose a una esclava, mientras la madre de Ixticuma aprovechó el recreo de las tareas para acercarse a su hijo y besarlo en la mejilla.

—¿Comerás con nosotros? —le pregunto.

—No madre. —debo regresar a la Escuela de la Guerra.

—Todavía tienes la coleta Ixticuma.  —dijo el padre mientras le acercaba una vasija llena de agua fría.

—Sólo yo en todo el telpochcalli padre. —respondió Ixticuma, avergonzado.

El padre destrabó un poco el gesto adusto que había tenido hasta el momento y le indicó a su hijo que se sentara en cuclillas frente a él,  en la puerta de la habitación principal.

—No desesperes Ixticuma, soporta las bromas de tus compañeros y de los capitanes. Recuerda en el combate que por tu sangre corren las historias de grandes águilas, matadores de gigantes incluso. Yo mismo, que llevé a más de mil hombres a los sacerdotes para calmar a  Taloc y su sed de corazones, no tomé mi primer prisionero hasta que tenía un poco menos que tu edad.  Menchcaupulli, tu abuelo, quien tomó más de mil vidas y casi diez mil prisioneros, no empezó a hacerlo sino a los veinte, dos años más de los que tu tienes ahora.

—Lo sé padre, lo sé. —contestó compungido Ixticuma.  —No es cobardía, simplemente no he podido dar con un enemigo. En la Batalla de Los Nopales, tuve que defenderme de dos Kimecas que intentaban rescatar al soldado que yacía bajo mis pies, los auxiliares no podían venir a mi lado porque, en mí desesperación, me separé de la formación y avancé casi solo contra los salvajes. Al final, pudieron rescatar a mi prisionero antes de que la formación de águilas llegara hasta mí. —agregó Ixticuma sin mirar a su padre.

—Almuerza con nosotros Ixticuma. —dijo su padre.

—Debo volver al telpochcalli, padre. Voy a saludar a madre antes de que agregue comida para mí. La próxima vez que me veas, me verás sin la coleta. Lo juro.

—Paciencia hijo, paciencia. —dijo el padre y abrazo a Ixticuma, quién se sorprendió por el gesto.

Ixticuma saludó a su madre con un beso en la frente y salió de su casa corriendo a gran velocidad. Quería ver a Ahulli, quería verla antes de partir hacia las tierras kimecas. No era probable que muriera en la incursión, sin embargo sentía que si no la veía, nunca más volvería a hacerlo. Era un tambor que resonaba en su pecho, un grito desesperado que impulsaba todo su cuerpo hacia la plaza del mercado, dónde seguramente Ahulli paseaba a esa hora con su madre, buscando telas y collares que coleccionaba compulsivamente. Ixticuma corría entre la gente que caminaba tranquilamente por las grandes avenidas de Tenochta. Sin embargo, una multitud que se agolpaba en la entrada del Puente del Águila, lo hizo detener. Todos miraban hacia el otro extremo del puente dónde una columna de guerreros águila y otra de guerreros jaguar marchaba lentamente abriendo el camino a alguien que Ixticuma no pudo ver.

—¿Qué pasa? —le preguntó a una mujer que llevaba una vasija repleta de maíz en la cabeza.

—No sé soldado. Dicen que es un hechicero blanco, montado en una extraña bestia. Dicen que es un dios, la serpiente emplumada, uno de los dioses que ha vuelto a la ciudad.

 

 

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