Perpetua en Eribea (27)

Segunda parte

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Los estoicos enseñan que no debemos quejarnos
de la vida; la puerta de la cárcel está abierta.

JORGE LUIS BORGES

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Habían salido del teatro cuando todavía era de noche. El Pampeano fue abriendo el paso entre los desfiladeros de desperdicios. Lo seguían el Profeta y el Ciclón, en silencio, y atrás dos hombres más, con lanzas y palas.

Caminaron hacia el norte. No avanzaron mucho, tal vez un kilómetro, incluso menos, pero se fue haciendo largo por la cantidad de basura que se iba acumulando hacia el centro de la isla. Primero vieron una vieja torre de agua, semidestruida, hundida entre los desperdicios y sus propios escombros. Poco después llegaron al faro, ciego y abandonado bajo el alto techo de cemento.

Tardaron cuarenta minutos en despejar la zona de la puerta, de hierro sólido y con seis candados. El Profeta se quitó una cadena que traía en el cuello, con seis llaves colgando de ella. Sólo cuando empezaron a subir la escalera de caracol —los dos guardias y el Pampeano recibieron la orden de quedarse abajo—, el Profeta empezó a hablar. Le contó de esos altos y gráciles edificios, donde vivía Garro. De los monoblocks, más toscos y puramente funcionales, en los que vivía Galia. Le bosquejó los horarios de mayor y menor actividad en las calles, le describió los monitores y le explicó cómo evitarlos. Hablaba de eso cuando llegaron al final de la escalera.

Hacía años que la lámpara del faro ya no estaba. No lo habían tumbado al construir la bandeja para preservar su supuesto valor histórico. Incluso los arquitectos habían fantaseado con desmontarlo bloque por bloque, como al templo egipcio de Abu Simbel, y llevárselo para arriba, para adornar el parque de Colonia del Buenayre, como le decían a la parte residencial alta (al proyecto completo ellos preferían llamarle Ciudad de los Pilares, que les parecía más descriptivo y menos político que el nombre oficial, Argirópolis). Pero cuando la ciudad cobró vida, el nivel de la basura empezó a crecer exponencialmente. Los arquitectos cambiaron de prioridades y el proyecto quedó en la nada. A los de arriba ya no les importaba mucho lo que pasara debajo de bandeja. Lo que importaba ahora era el lugar adonde se iban a mudar los comitentes: Argirópolis de los mil pilares, con su explanada a salvo de todo, levantada muy arriba sobre las aguas tóxicas; y en particular Colonia del Buenayre (o Aires del Sacramento), el núcleo de rascacielos residenciales, desplazado hacia el este desde el centro de la bandeja, una delicada corona de estalagmitas cristalinas y bordes acerados, rodeada de parques, de terrazas y de un anillo exterior para los barrios de servicios donde se amontonaban los trabajadores que proveían a las familias patricias del Interinato de todo lo que la mecanización y la virtualidad (todavía) no podía darles eficientemente: limpieza, mantenimiento, alimentación, seguridad.

Todo esto le explicó el Profeta en la habitación del faro, hasta que un destello de sol apareció entre el horizonte bajo del río y el horizonte alto del hormigón. Entonces el Profeta se quitó por encima de la cabeza el ancho bolso que traía cruzado sobre la espalda. Lo dejó caer al piso con un ruido de herramientas pesadas, entrelazó los dedos bajo su barbilla y murmuró: Benditos mis ojos en esta mañana. El sol de Jah se ha elevado otra vez.

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