Bandera roja (27)

Como es común en los sueños estaba desdoblado. Nadaba en el mar mientras me miraba desde los alto de un acantilado. El yo que miraba estaba aterido. El que nadaba no. El cielo estaba cubierto por las nubes y no veíamos el sol, pero sabíamos que la hora era cercana al mediodía.

El viento fue deteniéndose de a poco y las olas dejaron de salpicarme la cara mientras nadaba. En el acantilado me acomodé el gabán para protegerme del frío. Las nubes se abrieron y dejaron pasar un poco de sol. Mientras nadaba sentí el calor en la espalda y vi el reflejo de la luz en el agua. Entre la espuma me pareció ver una sombra. Desde el acantilado vi claramente la ballena moviéndose bajo el agua, pero estaba demasiado cerca de mi como para poder alcanzar la costa nadando. Vi como me tragaba.

Me levanté lagañoso y con la boca pastosa. Roberta no estaba mirándome, dormía tranquila en su habitación. Con el paso de los días se había acostumbrado a mi presencia en la casa. Mi papel era el de perro guardián,   además de proveedor de alimentos extra. Todavía no amanecía pero sentí movimientos afuera de la casa. Me apuré a apagar la lámpara que había prendido. Escuché dos voces hablando bajo, luego una de ellas dijo claramente:

—Sabemos que estás ahí. Dejate de joder y abrí que te traigo un mensaje.

Reconocí la voz del Indio. Abrí y lo vi parado en el jardín, dándole indicaciones a un chico para que custodiara.

—¿Paso o salís? —me dijo.

—Si sos capaz de hablar bajo pasá, todavía hay gente durmiendo.

—¿Ahora sos atento con las mujeres?

—No me conocés tanto como para ser sarcástico. Callate y entrá.

El Indio se sacó los guantes y la boina que traía y los dejó sobre la mesa. No se sacó el abrigo ni se sentó. Me miró de arriba a abajo.

—¿Alguien duerme mal?

—Si, porque vienen de madrugada a preguntar pelotudeces. ¿A qué viniste?

—Te traigo noticias de Sanzio. Dice que te cuides. Que la Junta Provisoria sabe que estás vivo. Y además, que si te divierte hacer ejecuciones, por lo menos tené la delicadeza  de no dejar la hilera de piedras como Pulgarcito.

—Bien, ¿y de ahí qué?

—Parece que no entendés como están las cosas.

—Y según vos ¿cómo están?

—Estamos en guerra. Dejá de hacerte el pelotudo.

—¿Alguna vez dejamos de estarlo? Yo llevo toda la vida en guerra.

—Sabés de lo que te estoy hablando. Ahora es urgente ganar Tucumán.

—¿Y con los chupasangre qué hacemos? ¿Negociar una tregua?¡Qué poco que tardaron en convertirse en la misma mierda que combatimos!

—¡Vos no entendés nada! No podemos abrir tantos frentes. Hoy hace falta ser político.

—¿Eso es lo que piensa Sanzio?

—No. Eso es lo que el momento impone. Sanzio lo aceptó por ahora, pero es una bomba de tiempo. Se está convirtiendo en un obstáculo igual que vos. Hay días en que  quiere salir a pelear y días en que vendería a la madre para que el dolor no lo deje  más reventado de lo que está. De todas maneras, no te acerques  a la casa. La gente de la Junta te va a ejecutar sin preguntas. Total, ya aprendieron que con un poco de cal las osamentas quedan limpitas.

El Indio recogió los guantes, la boina y salió. No era mal tipo el Indio, pero estábamos a punto de quedar en bandos contrarios.

Me quedé pensando: si Sanzio estaba rodeado y la Junta conocía mi domicilio no me quedaban muchas líneas de acción. O volvía a escapar o me estrellaba a lo kamikaze. Me acordé del Hermano Marcelo, que había quedado en el medio de dos bandos. Se me ocurrió que no lo habían encontrado simplemente, si no que él se dejó atrapar y matar. Escapar cansa. A lo mejor fue por eso que la ballena me había alcanzado en el sueño.

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