Musa (27)

En cuanto mejoré de la enfermedad sentí crecer el aburrimiento en mí.

Estaba seguro que él si lograría lo que la infección no había podido. Me iba a matar.

 

Pasaba las horas en silencio en la sala del hospital rodeado de otros pacientes. El lugar no tenía ventanas y solo una gran puerta por donde entraban y salían decenas de médicos que nos sometían a exámenes.

Sentía que había olvidado cómo hablar con los demás. A todos nos pasaba lo mismo. Nos mirábamos y no sabíamos qué hacer. Tanto tiempo, encerrados en nuestros departamentos, nos había aislado como personas, aún teniendo tanto en común.

En los primeros días llegaron varias personas, muchas morirían esa semana. Los que sobrevivimos pasamos meses internados, sufriendo fiebres y dolores.

 

Una noche desperté sudando frío y junto a mi cama estaba de pie el tipo que había ingresado esa mañana. Con la bata de hospital mojada por el sudor, miraba hacia el techo, en la oscuridad, y murmuraba algo. Era un hombre de unos treinta años, delgado. En su cabeza veía la inmensa cicatriz de la extracción del cable tecno orgánico. Se balanceaba lentamente y susurraba apenas moviendo los labios. Al principio no lo entendí, pero como repetía lo mismo todo el tiempo, siguiendo un ritmo constante, las palabras cobraron significado. “No quiero estar aquí”, decía alucinando.

Lo comprendí al instante. No era el hospital donde no quería estar. Era este mundo. Nos parecía tan pobre a todos. Aún luchando con la muerte, la realidad era  tan escasa de belleza para nosotros.

 

En el último mes ya casi recuperados, luego de ser acribillados con medicamentos, tímidamente comenzamos a hablar.

Como había imaginado los que estábamos allí éramos casi todos críticos o usuarios hardcore, adictos sin remedio.

La charla comenzó casi monosilábica una mañana después del desayuno, uno de los primeros que muchos pudimos probar en un largo tiempo.

Cada uno se presentó y contó a que se dedicaba. Y al igual que los compañeros de secundaria cuando se reúnen en un aniversario, o los borrachos cuando la noche está terminando, empezamos a recordar Musas a las que habíamos estado conectados. Describíamos nuestras sensaciones, discutíamos, nos sorprendíamos de no conocer una RCEC en especial.

Entonces mencioné a El Artífice. Todos hicieron silencio. Comenzaron a expresar su admiración y a preguntarse que había sido de él después de su primer Musa.

Sorprendido les dije que yo me había conectado a varias más después de esa, que pensaba que había mucha gente más haciéndolo.

Pero no. Había sido el único.

 

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