La Marea de Bronce (26)

Un mechón de cabello negro

 

—Maaki. —dijo Khona entrando en la toldería de la vieja hechicera.

—Khona, pasa muchacho. Tenemos muchas cosas que hablar. —dijo la maaki mientras avivaba el fuego en medio de la estancia. Una columna de humo blanco trepó hacia el hueco que las telas hacían en el techo de la toldería. Khona tosió un poco.

—Es el humo del silencio. No podrán escucharnos. —dijo la maaki haciendo señas para que Khona se sentara frente a ella.

—¿Quién querría escucharnos maaki? —dijo Khona.

—Tienes que abrir los ojos, guerrero. Cómo cuando cazas, todos los sentidos deben estar alertas. Caminamos tierras pantanosas joven Khona. Mehucur fue asesinado por uno de los nuestros. Y yo sé muy bien quien fue.

—Estoy en eso maaki, agradezco tu ayuda. Eres la guía de este pueblo, pero esa es mi tarea.

—Ah, no lo verías aunque estuviera frente a tus ojos. —interrumpió la maaki, ofuscada. —Mhuencalfú envió a Culcurá a matar a Mehucur. Era su lanza, lo supe apenas la vi. He marcado todas las lanzas de los guerreros y niños de este pueblo.

—¿Por qué?, ¿para qué? —preguntó Khona, confundido.

—Porque se acercan tiempos como no se han visto. Una gran guerra, una guerra que hará ver a las batallas contra los sapaninti y los sijer como simples escaramuzas.

—¿Y que tenemos que ver con esa guerra? Mejor dicho, que tiene que ver eso con marcar las lanzas.

—Mucho, Khona, mucho. Uno de los nuestros será una pieza fundamental en esa guerra. El gran Aonken me visitó en sueños. Cada uno de ustedes tiene un símbolo, cada uno está marcado allá, en la gran Montaña de los Truenos. —dijo la maaki y su mirada se detuvo en el fuego.

—Culcurá es un gran guerrero, el mejor de los amigos de Mhuencalfú. No puedo acusarlo de fratricidio sin tener más pruebas que un símbolo en la lanza. —dijo Khona. La maaki siguió un rato más con la mirada en el fuego.

—Khona, es hora de que seas un hombre. Tienes que reclamar la jefatura de los punchen. La elección de Mhuencalfú es débil. Mehucur había pensado en ti antes que en el hijo de su viejo jefe. Muchas cosas dependen de quién sea el jefe. Muchas.

—Todos aceptamos la decisión del muerto, maaki. Incluso tu preparas los ungüentos para la entrega de la jefatura a Mhuencalfú. ¿Quieres que me oponga a ti también?

—Mhuencalfú es todo mente y tu eres todo cuerpo, pero él sabe que tiene que lograr ser más cuerpo. Tu debes tratar de ser más mente. Los hombres no pelean sólo con armas. Hay cuerdas que manejan la vida de los hombres y sólo los jefes pueden acceder a su manejo. Despierta a la vida de los hombres con poder Khona. Debes hacerlo ya.

—La única forma de frenar la elección de Mhuencalfú es pedir que la Confederación de los pueblos huenche, apadrine la elección.

—Exacto. —dijo la maaki. —Eso ya está en marcha. Anoche envié a Gogoche, mi aprendiz a pedirle a Kinnuel, jefe de los tehuches, que convoque a la reunión del Consejo huenche aquí, en nuestra toldería. Si todo va bien, en seis días llegarán aquí.

—Antes de la entrega de la jefatura a Mhuencalfú.

—Exacto.

—Entiendo maaki. Creo entender de lo que hablas. Pero te advierto, sin temer a los espíritus y dioses, que sí estas jugando conmigo, desataré mi ira contra todo lo que se interponga, empezando por este toldo.

—Estoy contigo, Khona. Conduce el brazo iracundo a dónde debe caer.

—Confió en ti maaki. —dijo Khona y cortó un mechón de su negro cabello para dárselo a la maaki en señal de confianza.

—Ahora sal de mi toldo, Khona. Mhuencalfú debe estar inquieto y sospechando.

—Una cosa más, maaki. Gogoche es una muchacha muy frágil, casi una niña. Si envió a Namun ahora mismo, la alcanzará al atardecer.

—No te guíes por la apariencia Khona. Gogoche es más fuerte que varios de los hombres de este pueblo. Sin embargo, me parece una buena idea. ¿Confías en Namur?

—Sí, hechicera. Somos hermanos de caza y de guerra.

—Bien, envíalo a buscar a Gogoche pero no le pongas en sobre aviso del porque, la joven sabrá el momento de contarle a él todo, para que la ayude sólo de ser necesario.

Khona se levantó y se dirigió a la salida. La maaki lo frenó y le alcanzó el mechón.

—No eres prisionero de mi magia, Khona. Ni siquiera puedes soñar todo lo que eres. Ahora vete, camina y habla con cuidado. Con mucho cuidado.

 

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