Perpetua en Eribea (26)

Conocía bien las serias advertencias iniciales que los teóricos habían publicado sobre los riesgos de que las simulaciones multisensoriales se desarrollaran a un punto tal que luego fuera imposible distinguir entre lo real y lo virtual. Lo cierto es que, incluso con los avances logrados a partir del precario prototipo desarrollado para el Website de la Memoria, la humanidad todavía se encuentra técnicamente muy lejos de alcanzar ese grado de perfección: lo virtual siempre termina por desenmascararse. Desde hace rato Clement sabe que al simulador los paisajes abiertos le quedan bastante menos creíbles que los espacios interiores. Por eso los programadores evitaron las vistas exteriores, piensa Clement, aunque a lo mejor no se trata sólo de una deficiencia técnica: quizás simplemente no querían que en ningún caso sintiera que estoy “afuera”.

Mientras reflexiona sobre estas cosas, un boyero uruguayo le cuenta quién era él, dónde vivía, cómo trabajaba cada día al aire libre. Se lo cuenta entre las cuatro paredes de lo que parece una antigua pulpería. El boyero habla y toma vino en vaso de vidrio grueso. El logo del Website de la Memoria está pintarrajeado en la pared del fondo, entre varios carteles antiguos de lata, que anuncian toda clase de bebidas:

P A T R I C I A
P  E  P  S  I
M  A  R  T  I  N  I
—W D L M—
F  E  R  N  E  T    B  R  A  N  C  A
S  E  V  E  N   ·  U  P

 Desde que Clement habló con la soprano hasta hoy, lo han increpado veintidós víctimas más, entre las que se destacaron un policía bonaerense que lo picaneó sin decirle ni una sola palabra; un taxista montevideano que le hablaba mirándolo por el espejo retrovisor de su auto, dentro de una cochera cerrada a cal y canto; una señora de la alta sociedad porteña que, a pesar de todo sus reproches iniciales, terminó declarándole su admiración mientras tomaba el té en un balcón de avenida del Libertador; dos niños tristes que le hablaron desde sus respectivas camas cuchetas. Con todas esas víctimas, Clement intentó estirar el diálogo al máximo. Aguantó insultos y golpes, pero nada.

Ahora al boyero casi ni lo oye. Está a punto de volver a la rutina de aceptarlo todo cuando los carteles del fondo llaman su atención:

P ░ ░ R ░ ░ ░ ░
P  E  P  S ░
M  A  R ░ ░ N  I
—░ ░ ░ ░—
F  E  R  N  E  T    B  R  A  N  C  A
S  E  V  E  N   · ░ ░

¿Tiene algo que decirme sobre todo esto?, pregunta el boyero mientras a sus espaldas el borrado de las letras alcanza un punto estable.

P ░ ░ R ░ ░ ░ ░
E P 
A R   
—░ ░ ░ ░—
░          
S E  · 

¿Algo sobre qué?, responde Clement, tratando de comprar tiempo mientras acomoda el cuerpo y la mente para lo que sea que venga a continuación.

No tarda en suceder. Primero, la desconexión de todos los sonidos. El boyero se queda repitiendo su pregunta, gesticulando como en una película muda. Y luego una oscuridad creciente, que gana cada cuadrante del salón como si alguien desarmara un piso de baldosas a una velocidad de vértigo.

—FIN DE LA PRIMERA PARTE—

_______

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