Bandera roja (26)

Antenoche descubrí a Roberta mirándome mientras dormía. Habrían sido las dos de la mañana cuando me desperté y noté que ella estaba en el sillón frente al sofá. Hice como que seguía dormido.

Estuvo unos cuarenta minutos hasta que volvió a su habitación. Por la mañana no dijo nada pero la noté taciturna. Aunque sea con una perfecta extraña, la convivencia con una mujer siempre es una situación de equilibrio inestable, donde uno trata de adivinar que piensa el otro. Esta verdad la había olvidado, hasta que un gesto de Roberta me hizo acordar a mi exmujer, y a sus delicadas maneras de hacerme saber de su desazón o su hartazgo. Definitivamente debe haber algo en mí que hace que las mujeres duden. No importa si llevo a casa un sueldo o, como pasa ahora con Roberta, comida buena robada de algún almacén.

Como la inacción me estaba fastidiando salí temprano a buscar algo para hacer. La vida peleando por sobrevivir va creando la necesidad de acción. El aire de la mañana estimulaba el deseo de cazar, de encontrarme con Lyndstrom o alguno de sus esbirros y destrozarles la cabeza.

El barrio donde vive Roberta está lleno de casas viejas que parecen deshabitadas. Alguna seguramente sería un nido de vampiros. Identificarlos no es difícil. Hay que estar atento a una serie de indicios. Generalmente el aspecto del frente es de abandono y descuido, pero de una manera prolija y estudiada. Las aberturas suelen tener seguros, persianas en buen estado, y otras previsiones contra la luz. Son pocos los que pueden moverse en pleno día.

Caminé dos horas hasta que encontré la casa. Tenía un jardín al frente, con el pasto crecido y las paredes cubiertas de enredaderas. El detalle delator  era la puerta. Ahí no había plantas, y la chapa de la cerradura era nueva. Empecé a sentir la excitación en el cuello y de ahí fue bajando al resto de la columna vertebral. Uno a uno los músculos del cuerpo fueron poniéndose en estado de alerta. Sentía la lengua hinchada dentro de la boca, y el aire entrando y saliendo por la nariz. A medida que respiraba sentía el pecho agrandándose, y la tensión en las manos me llevó a hacerme sonar los nudillos. Me sentía feliz de saber que estaba por matar.

La puerta no fue un obstáculo. Trepé al techo desde una tapia, y de ahí salté al patio interno de la casa. Demasiado fácil. Estos bichos se confiaban de la ignorancia de la gente. Entré en la casa. Había una sala pequeña que comunicaba con un baño y dos habitaciones. Más adelante, seguramente en el frente, una cocina y un living.

Después del reconocimiento del lugar me asomé a los dormitorios. El olor era el de una madriguera: mezcla de suciedad y podredumbre. Seguramente los restos de alguna presa a medio comer, estaría juntando gusanos por ahí.

Tenía que armar una estrategia. Si había más de uno, la única manera de salir vivo era matar al primero de la manera más silenciosa posible. En la cocina encontré un par de cuchillos viejos, que habrían pertenecido a la familia que alguna vez vivió ahí. En el pantalón busque mi linterna y entré al primer dormitorio apuntando la luz al piso para no despertar al engendro.

Fue un trabajo sencillo. Cuando uno sabe cual es el punto correcto del cuello para clavar el cuchillo, la cabeza se desprende sin demasiadas complicaciones. No llegó a reaccionar. De un solo golpe el colchón quedó cubierto de la baba inmunda que largan estas cosas.

Pasé al segundo dormitorio con ganas de más acción. Después de todo, hasta ese momento la emoción no había sido la del cazador con la presa sino la del matarife de ganado. Quería algo más sucio. Una silla vieja, desencajada en un ángulo de la habitación me dio la idea: la estaca, la vieja y romántica estaca. Un homenaje a la literatura gótica y la satisfacción de matar, todo de una sola vez.

En un santiamén arranqué la pata de la silla y me paré al lado del animal. Era una hembra. Tenía un aspecto casi bonito, pasaba por humana. Pero no. La boca estaba sucia de sangre, que seguramente todavía estaba digiriendo. Le apunté la linterna directo a los ojos, quería que supiera que iba a matarla, que se sintiera víctima. En cuanto intentó reaccionar, caí con todo el peso del cuerpo sobre su pecho. Con las dos manos le clavé la pata de la silla. Gritó.

Tardó poco en morir pero para mi fue una eternidad. Como si el tiempo se hubiera suspendido y lo único que existiera fuera el grito de ella, y el aire que me entraba y salía por los pulmones. Me mordí los labios para no gritar yo también.

Me faltaba una cosa por hacer. Dejar mi firma. Hacerle saber a los otros vampiros que ellos podían ser mis próximas víctimas. Pensé en escribir algo en la pared, por ejemplo alguna cita del Drácula de Lugosi, pero era un gesto amanerado e inútil. Opté por la provocación, con punta de la estaca mojada en la baba del vampiro escribí en la pared: “llamen a Sanchez para limpiar”, y me fui, por la puerta del frente, reventando de felicidad y placer.

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