Musa (26)

Y así terminó. Esa fue la última Musa de El Artífice.

Seguí buscando por un tiempo pero había entendido el mensaje. Ya no había más.

 

Me sentí perdido, todo me parecía fútil.

Y encima de todo enfermé.

 

En medio de mi hastío acepté la oferta de una empresa de probar una nueva droga para usar combinada con la máquina RCEC. Se la ofrecían a los usuarios más asiduos, entre ellos a los críticos. Me habían dicho que haría la conexión más intensa y, en mi angustia, sentí que eso era lo que necesitaba.

Pero algo falló y los que la usamos fuimos parte de una pequeña epidemia. Por supuesto los críticos fuimos los primeros en enfermar.

Un día, al desconectarme, sentí una pequeña molestia donde está la conexión tecno orgánica. En mi caso tras mi oreja derecha. A la molestia la siguió, la mañana posterior, una fuerte migraña. Náuseas, vómitos, fiebre.

Me comuniqué con el organismo de salud y vinieron a buscarme de inmediato. Me llevaron a una clínica delirando de fiebre. Por primera vez en mucho tiempo mi mente estaba en llamas por sí misma.

El doctor me hablaba y su voz llegaba desde la ultratumba. Lo poco que entendí en ese momento era que la nueva droga me había causado una infección  causando un absceso cerebral. La nueva droga había disminuido mi sistema inmunológico y con ello mi capacidad de procesar correctamente el proceso que activaba las RCEC. Iban a bajar mi fiebre, darme antibióticos para tratar la infección y a esperar mi evolución.

 

Varios días pase delirando y sintiéndome más débil que nunca. Mis parientes me visitaron y me dijeron que los doctores habían dicho que esperaban que mejoraría en cualquier momento. Casi no podía notar el mundo alrededor.

Durante ese período volví a soñar. Dormía con intermitencia y mientras mi cuerpo luchaba contra la infección, mi mente se internaba en pesadillas. No recuerdo salvo una.

En mi sueño veía a El Artífice de pie junto a la fuente en la ciudad oculta. Estaba desnudo. Trataba de hablarle pero la voz no me salía. Entonces aparecían cientos de usuarios de Musas, pobres, ricos, mujeres, hombres. Todos lo rodeaban y lo despedazaban. No quedaba nada de él.

 

Al fin los medicamentos hicieron su trabajo y mi cuerpo sano.

Por fin pude percibir el lugar donde estaba. Una gran sala de terapia intensiva, llena de camas con individuos enfermos como yo, muchos de ellos críticos a los que conocía, cada uno luchando su batalla.

Muchos morirían allí.

Y lo otro que noté es que algo me faltaba.

Me habían quitado el cable tecno orgánico. Mis dedos tocaban una cicatriz allí.

Cuando le pregunté el médico me dijo que quizás no podría volver a ser colocado.

 

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