La Marea de Bronce (25)

La reina de Tolomac III

 

Woja sabía muy bien que hacer. Todos los guerreros de Tolomac, a los que se sumaban varios hombres de las aldeas mohaw más lejanas habían salido de la gran Aldea por orden del concejo. Los guerreros no lo sabían, pero el primero de ellos que cruzara la puerta principal sería el nuevo rey de Tolomac. Irtza sabía que los hombres se formarían tras Tokan, quien había reafirmado su liderazgo luego de la batalla contra los pelirrojos. No había duda de que los guerreros dejarían que Tokan encabece la columna para entrar a Tolomac.

Jonté esperaba en la puerta, con el hacha de su padre en las manos, flanqueada por dos mujeres. Irtza la había dicho que tenía que darle el hacha al primer guerrero que llegara hasta ella.

El consejo de ancianos esperaba en la plaza principal de la Gran Aldea. Irtza, al costado esperaba que todo siguiera el curso necesario.  Anthas, la hechicera de Tolomac se adelantó y gritó:

—¿Dónde están los que salvaron a Tolomac del fuego y la muerte?

—¿Dónde están los que salvaron a Tolomac del fuego y la muerte?, repitieron las mujeres al costado del camino de entrada.

—¿Dónde están los que salvaron a Tolomac del fuego y la muerte?, repitieron Jonté y las dos mujeres que la flanqueaban.

—Aquí estamos. —gritaron los guerreros que dejaron a Tokan tomar la cabeza de la columna. Irtza miró el suelo, todo iba bien.

Tokan caminaba hacia la puerta del pueblo y miraba a Jonté con deseos de frenar allí mismo y besarla. Unos metros antes de llegar a ella, Woja se interpuso ante él y se arrodilló.

—Tokan, guerrero entre los guerreros, la mejor sangre entre las dos sangres. ¿Eres tú nuestro rey?—dijo Woja a los pies de Tokan.

—Levántate brujo, nunca un hombre se arrodilló frente a otro en estas tierras y eso no va a cambiar ahora.

—Muchas cosas ya han cambiado, Tokan. Es una maldición que no puedas verlo. —dijo Woja dándose vuelta y haciendo una seña a las mujeres que estaban con Jonté.

Las dos mujeres, tomaron a la joven por los brazos y la dieron vuelta, empujándola dentro de la Aldea. Se cumplía así la profecía. El que cruzara primero la puerta de Tolomac, sería su rey. Mejor dicho, su reina.

Jonté entró en Tolomac, con el hacha de su padre en la mano y quisó volver hacia la puerta, para entregar el arma a Tokan. Las mujeres se interpusieron en su camino y Jonté escuchó como Anthas gritaba desde la plaza.

—La nueva reina de Tolomac, la corona de plumas del norte. Jonté, reina de Tolomac. Jonté, reina de Tolomac por la gracia del Gran Espíritu.

Irtza, quedó pasmado, le tomó varios minutos reaccionar pero cuando se dirigía hacia Anthas para detener esa locura, Todos los habitantes de Tolomac, los brujos y ancianos se arrodillaban ante Jonté, que caminaba hacia la plaza tan asombrada, y desconcertada que no se daba cuenta que las mujeres levantaban su brazo con el hacha.

Tolomac, tenía reina. Una reina que no era sólo una mujer, sino el centro de un torbellino que podía destruir de un soplo la frágil alianza de los hombres de bronce.

 

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