Bandera roja (25)

Después de tres días de guardia entre la casa de Sanzio y el mercado, vivir en lo de Roberta había dejado de ser seguro. Existía la posibilidad que alguien me identificara, de que los vampiros me encontraran, o, peor aún, que Roberta desarrollara la idea de que teníamos una relación. Ya empezaba a notarle en la cara la intención de hacer preguntas. Era ingenua pero no estúpida. Debía darse cuenta de que si yo hubiera sido un héroe con una misión, no habría estado tanto tiempo escondido, sin contactar a las autoridades del nuevo orden.

Sin embargo, la suerte empezó a cambiar. Aunque no di con Sanzio en el mercado, encontré al Indio. No era del círculo más próximo a Sanzio pero su mujer si. Tenía los medios para hacer llegar un mensaje. Al día siguiente de contactarlo  me buscó para decirme que  a partir de las cinco de la tarde Sanzio me esperaba, pero tenía que ir vestido de enfermero. Pensé que era un chiste pero por las dudas pasé por la lavandería del Hospital San Roque y robé un uniforme. A las cinco estaba en la puerta de la casa. La custodiaban dos chicos que no debían llegar a los veinte años. Me miraron desconcertados. El más alto me habló:

—¿Qué quiere acá?

—Vengo a controlar al enfermo.

La respuesta me salió espontáneamente. Ahí me di cuenta de que Sanzio no estaba jugando una humorada si no que me había dado las instrucciones para poder pasar. El chico volvió a hablarme:

—Pero ayer vino otro…

—Claro.

—¿Y por qué viene usted hoy?

—Porque atendemos distintas especialidades.

El chico empezaba a ponerse molesto con las preguntas. El otro, aburrido, se rascaba sin disimular.

—Pero a mí no me avisaron que hoy tenía que venir alguien.

—Vea jovencito, yo no tengo la culpa de que no le avisen; y mejor me deja pasar si no quiere que sus superiores lo manden de una patada en el culo a limpiar parques y paseos.

Redoblar la apuesta siempre funciona con los más jóvenes. Además como seguramente el chico debe recibir una porción más grande de racionamiento por custodiar al héroe, no debía querer que por un detalle menor se le escaparan los privilegios. Me franqueó el paso.

Hacía mucho que no entraba a la casa de Sanzio, desde que él y su familia me tuvieron escondido. No tuve mucho tiempo de evaluar cambios porque  la voz del amigo me recibió detrás del codo del pasillo.

—¿Así que ahora sos médico? ¡Qué mal que estaremos  que cualquier pelotudo consigue un título!

Estuve por contestar una guarangada, pero me detuve cuando Sanzio estuvo frente a mí: estaba hinchado, caminaba apoyado en dos bastones canadienses. La pierna derecha estaba sostenida por un aparato ortopédico. Como se dio cuenta de mi desconcierto optó por fugar por el lado del humor.

—¿Viste que dicen que todos los rengos son traidores? ¿Te vas a arriesgar conmigo para ver si soy la excepción?

Intenté acercarme y darle un abrazo pero me paró hundiéndome uno de los bastones en el estómago.

—No se te ocurra. Que estar rengo no me hizo más blando. Además tengo tantas dudas sobre vos, como vos tenés sobre mí.

Bajó el bastón y giró en el pasillo.

—Andá para el patio que con unos mates de por medio me vas a explicar dónde carajos te habías metido.

Mientras caminaba delante mío me di cuenta de que además del aparato en la pierna llevaba un corset. Definitivamente, aún considerando los meses de hambre, yo era el que mejor había salido del asalto al Hotel.

En el patio, Sanzio se sentó en un banco y me hizo señas de que hiciera lo mismo, a su lado. Apenas lo hice sentí el círculo del caño de una pistola a la altura de los riñones.

—Bueno, como se ve que en el Hotel no recibiste la misma dieta de plomo que yo, te doy la oportunidad de que empatemos. Explicá para quien jugás o empiezo a hacerte agujeritos.

—Escuchame lisiado de mierda,  sacá eso de ahí que si hubieras sido bueno tirando no estarías ahora cosido como un matambre.

—Bueno, pero eso no te garantiza que no salgas de acá con plomo suficiente como para ir a pescar carpas al dique.

Sanzio sacó la pistola, se rió un poco y después empezó a toser. En medio del catarro se tocó las costillas. Le saltaron unas lágrimas de dolor hasta que pudo controlarse.

—Ves, pelotudo, seguro que viniste a matarme. Al final va a resultar que el loco de Johnson tiene razón y vos estabas en el otro bando desde el principio.

—¿De qué mierda hablás?

Durante dos horas Sanzio se dedicó a explicarme los reagrupamientos que siguieron a la muerte del líder, las peleas en la Alianza, con el ascenso de unos y la consecuente caída de otros.

—El orden que viene no es mejor. La verdad se me apareció delante como un camión en contramano, el día que lo escuché a Johnson hablar de “razones de estado”

—¿Y vos que hacés? ¿Cuál es tu juego?

—Estoy fuera de juego —respondió. —Este cuerpo no aguanta una batalla más, así que disfruto de los honores del panteón. Donde vos deberías estar si no tuvieras esa molesta costumbre de seguir vivo.

Sanzio tenía razón.

—¿Y ahora?

—Ahora te vas. Si necesitás contactarme me mandás un mensaje con el Indio, o te venís disfrazado de médico. Total acá entra uno cada cinco minutos.

—Pero, ¿cómo sigue la lucha?

—Como puedas. Yo no tengo más nada que hacer. Los vampiros están replegados. ¿Qué se yo? Por otra parte —dijo tocándose la pierna— mirá lo que te deja luchar por la humanidad.

Me paré y lo saludé en silencio. Afuera, los custodios escondieron un porro cuando me vieron salir. El sol empezaba a ponerse. Mala hora para seguir en la calle, en una mala ciudad, en una mala época.

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