Perpetua en Eribea (24)

¡Basta!, grita Daniel Clement cuando la voluminosa soprano intentaba callarlo para dar su tercer mensaje al mundo. Ambos quedan en silencio. La excelente acústica del teatro vacío se traga cualquier eco posible.

La cantante lo observa desde el borde del escenario, bajo un chorro de luz que realza los bordes de su vestido de lamé. La escenografía barroca del comienzo ha sido reemplazada por una bandera gigantesca de Oktubre, roja y negra, que se desenrolló sin ruido desde el techo. Por momentos la soprano se borra y reaparece la figura plana del famoso tenor muerto, congelado en lo último que había estado cantando; sus fans europeos habían elegido que interpelara así a Clement. Desde su banco de madera —metido a presión en la primera fila—, Clement es el primero en volver a hablar, ahora con más calma.

Amigos de Oktubre, si de verdad reconocen la condena excesiva que estoy pagando, tienen que dejar de dar discursos y hacer algo concreto para sacarme de este lugar.

No hay nada que podamos hacer para liberarlo, señor Clement. Sin la intervención de alguno de los Estados, una expedición hasta Eribea resulta imposible. Tal vez usted crea que en estos quince años ya se han desarrollado viajes espaciales privados, pero no es así. Lo sentimos. Nosotros sólo somos…

Yo les voy a decir lo que son ustedes, explota Clement: son jóvenes idealistas, sí, pero más vanidosos que idealistas. Quieren difundir su mensaje al resto del mundo, como si con eso alcanzara para que el resto del mundo haga lo que ustedes no se animan a hacer. En el fondo sólo pretenden ganar un poco de atención sobre sí mismos. Sólo los mueve el estúpido orgullo de alardear sobre lo que son capaces de hacer técnicamente.

Eso no es cierto, tartamudea la soprano muy ofendida, llevándose una mano al pecho generoso. Por supuesto que haríamos algo más si pudiéramos. Tiene que entenderlo: para nosotros es imposible traerlo de vuelta a la Tierra. E incluso si pudiéramos, lo haríamos para que usted pasase a una cárcel común. No creemos en el exceso de Eribea ni tampoco en la pena de muerte, pero sí creemos en su responsabilidad en la Gran Catástrofe. No nos olvidamos de eso.

Ahora ustedes también son mis jueces, dice Clement.

No, señor Clement, dice la Soprano. Sólo decimos que por terrible que sea el crimen, nadie merece Eribea. Y también que no podemos sacarlo de ahí.

No pido tanto, dice Clement. Al menos sáquenme del sarcófago.

La soprano se queda inmóvil. Su peluca decimonónica reluce entalcada bajo los reflectores.

Eso sí pueden hacerlo, ¿cierto?, sigue Clement. Pudieron quebrar el Paladión y desenmarañar el subsistema de epitafios. También podrían infiltrarse en los otros subsistemas de Eribea, ¿cierto?

Teóricamente sí, dice la soprano. Salvo que la próxima actualización del vallado nos lo impida.

Entonces tienen que apurarse. Al menos sáquenme del sarcófago. Eso aliviaría mi situación. Pido un gesto real en el mundo real. Nada más.

Puede ser peligroso, dice la soprano. Hasta donde sabemos, la estación no cuenta con personal carcelario, por ende no tiene vehículos ni medios para abandonarla. Incluso puede que afuera del sarcófago no haya oxígeno. Podría no contar con más agua ni alimento. Podría morir de inmediato.

Al menos recuperaría mi derecho a elegir eso.

¿Y si no logramos sacarlo de la caja?

Entonces interrumpan los sistemas vitales y mátenme aquí dentro.

La soprano queda meditabunda mientras su silueta se transparenta. Puede verse la vieja escenografía barroca reapareciendo a través de la bandera rojinegra.

Veremos qué se puede hacer, murmura la cantante, antes de que el famoso tenor regrese a increpar a Clement con toda la potencia de su pecho.

Tras la desconexión, la máquina de ejercicios obliga al prisionero a moverse en la oscuridad maloliente del sarcófago. Esta vez, a Clement no le molesta esa imposición. Su cuerpo se deja llevar porque su mente al fin tiene un pensamiento distinto, una tabla de salvación. Un nuevo veneno llena su cabeza, una savia que lo hace reverdecer: la esperanza. Piensa si será verdad que ya no está en la Antártida. Todavía tiene flashes de la blancura final de su traslado al polo sur. De un improbable viaje espacial posterior no sabe nada: no tiene recuerdo alguno de eso. No ha percibido interrupción alguna en los epitafios durante los quince años de condena que lleva cumplidos. Sólo hubiera sido posible un viaje así si lo hubieran llevado con el sarcófago funcionando ininterrumpidamente. ¿Y si todavía estuviera en la Eribea polar pero —por algún rédito político incierto— a la población se le hubiera hecho creer que él y los otros presidiarios habían sido trasladados al espacio? No sería una mentira difícil de fraguar. ¿Qué tan buena era la información que manejaban los de Oktubre?

Clement decide conservar sus esperanzas, pero moderarlas. El peor escenario posible era el que había vivido hasta el día de ayer: un infierno angosto e interminable, en el que su derecho a la muerte le había sido revocado. Fuera del sarcófago podría recuperar ese derecho de un modo u otro. La asfixia inmediata, la inanición o, en última instancia, el vacío infinito del espacio. Otra salida posible era que Oktubre lo matara dentro del sarcófago. Lo que fuera: él lo prefería antes que perpetuarse en los epitafios virtuales.

Después de las subrutinas de higiene, el gel neurotransmisor comienza a inundarlo todo otra vez.

_______

Ir a episodio:

Siguiente→
←Anterior
Inicial (01)

Ver listado

Anuncios

¿Qué te parece?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s