Bandera roja (24)

 Me costaba creer que Roberta alguna vez  me hubiera parecido inquietante o peligrosa. Aunque reconozco que no podía  defenderse mucho de la intoxicación. De la intoxicación de éter cuando la abordé en la calle y la de imágenes de mi cara rodeada de banderas y la palabra “Héroe”.

Le mentí. Como se hace siempre con las mujeres.  Le expliqué que la versión oficial de mi muerte se había tejido para ocultar una misión trascendente. Y le juré que iba a ser su brújula. En el estado en que están las cosas, cualquier chica estaría contenta de escuchar estas sandeces.

Como parecía verdaderamente convencida de que podía ayudarme a “salvar la patria”, la desaté. No gritó ni escapó para delatarme. Me miró, acurrucada en la cama. ¿Cuántas mujeres caben en la misma mujer? Esta Roberta púdica y lectora de novelitas me estudiaba a la vez extasiada y temerosa. Por otra parte, el mismo tipo de pregunta podía hacerse sobre mí. ¿Quién es este que soy ahora?

De todas maneras no tenía tiempo para preguntas ni para galanteos. La prioridad era encontrar a Sanzio y por eso salí de la casa de Roberta para ir al comedor del Mercado Sur a rastrearlo. Los rumores decían que una vez lo veían comer ahí sin custodia. Caminando por el mercado me detuve a mirar mi reflejo en un vidrio. Ya no me extraña verme usando ropa de otros, prestada o robada. El pantalón y la polera que llevaba eran de un hermano de Roberta. El único dato que podía revelar mi identidad eran los borceguíes. Hasta mi cara parece prestada o robada. La barba pelirroja me cubría hasta los pómulos y disimulaba la delgadez.

Sin embargo, nada me garantizaba el anonimato cuando se trataba de “ellos”. Les bastaba con sentir mi olor a una cuadra de distancia para reconocerme y recordar que estuve en la masacre del Edén Hotel, prendiendo la mecha de la guerra civil.

El mercado no había cambiado mucho. La gente si. Se movían con un optimismo irracional, vestidos con ropas viejas de un remoto pasado burgués. En los barrios la gente organizó ferias donde canjearse las reliquias anteriores al año 1974. Los jóvenes que comían hoy en el mercado parecían maniquíes vestidos con las ropas de un museo. Y sin embargo ninguno percibía que parecían disfrazados. Seguramente creían estar viviendo el comienzo de una nueva época. Imagino que de la misma manera, la vaca que camina por el brete no debe sospechar que el final del camino es un martillo neumático en la frente.

La cajera del comedor estaba tan absorta en su juventud y su sensación de libertad que aproveché para hurtarle  parte de la recaudación del día. Después  le encargué un café con medialunas y con la merienda en la mano busqué sentarme en un lugar desde donde pudiera ver todo el comedor.

—Bueno, al destino le gustan las simetrías.

La voz de Lyndstrom detrás mío.

No me di vuelta. Por el ruido de pasos deduje que no estaba sola. Escuchaba el toc toc del taco de sus zapatos (“encantadores zapatos” habría dicho Sanzio) junto al ruido de un par de botas de goma. No me tocaron. No intentaban atraparme.

—Sanchez, ¿se acuerda del señor?

Entonces si me quedé rígido. Lyndstrom estaba con el “limpiador”

—No tuve el gusto— respondió— el señor se escapó sin presentarse; y cuando fue por su casa, yo estaba en el golf.

La voz de Sanchez era rara. No por su timbre sino por su entonación. Hablaba con la elegancia y dulzura de un hombre educado y humilde. Hasta se podía suponer que era un buen padre de familia, devoto de su trabajo. Y Quizás lo fuera. El problema es que su trabajo era licuar cadáveres con ácido. Me habló de nuevo:

—¿No va a presentarse? No todo los días se conoce a un héroe.

—No se confunda. Apenas soy un ladrón.

—¡Ah! ¿Entonces trabaja con el gobierno? — interrumpió Lyndstrom

—No pretenda ser graciosa. ¿Qué busca acá?

—Comida, como ha hecho usted.

—No creo que acá le sirvan lo que la señora necesita.

—Servirme no, pero puedo elegir la pieza que más me guste para llevar a casa.

—Déjese de idioteces. Usted y los suyos tienen el tiempo contado.

Dejo de mirarme y volvió a hablar.

—Vea Sanchez, ¿No es encantadóramente  ingenuo? Visto así, una no imagina que sea un asesino.

—No lo soy— contesté.

—¿Si? No me parece.Yo me alimento de los suyos, pero usted mata a los míos. Sanchez limpia el desastre de unos y otros por una tarifa accesible. Ninguno es mejor que el otro.

—Tiene razón señora —dijo Sanchez— pero en mi caso, no estoy en esto ni por hambre ni por ideología. Soy un profesional.

Instintivamente toqué la pistola 22 en el bolsillo del pantalón. Sanchez lo notó pero no pareció inquietarse. Lyndstrom se me acercó y me habló al oído:

—No haga estupideces. Usted está vivo porque yo quiero Pero no se abuse. Ahora hay tregua hasta que la situación se aclare. Además, tanto usted como nosotros tratamos de llegar a las mismas personas.

Lyndstrom se apartó. Sanchez me extendió la mano para saludarme, y sin saber por qué, respondí a su saludo.

—Si busca al señor Sanzio, es posible que ya no venga hoy —me dijo— pero de todas maneras no considere que esta haya sido una jornada perdida. Ha sido un placer conocerlo. Ya volveremos a encontrarnos.

Dio media vuelta y se fue con Lyndstrom

Me quedé pensando para qué buscaban encontrar a Sanzio. ¿Querrían matarlo o parlamentar? No iba a encontrar las respuestas en el mercado así que decidí no hacer nada más por el día. De camino a la casa de Roberta robé una pieza de jamón de una fiambrería. A las mujeres hay que tenerlas conformes por el lado de la comida.

_______

Ir a episodio:

Siguiente
Anterior
Inicial (01)

Ver listado

Anuncios

¿Qué te parece?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s