Perpetua en Eribea (23)

El Profeta los recibe sobre el escenario, del otro lado de la cortina multicolor. Ya ha apagado las velas de los candelabros, que todavía humean; la única luz proviene de un spot blanco, muy alto entre los andamios que flotan cerca del techo del teatro. El círculo luminoso coincide con otro en el piso, hecho de cajas con libros antiguos y toda clase de utensilios. Dentro de ese círculo está el Profeta, sentado en un sillón de oficina común y corriente, con algunos agujeros que dejan ver el relleno de goma espuma. Hay una mesa armada con un vidrio grueso apoyado sobre cuatro patas hechas con pilas de viejas guías telefónicas. Del otro lado, el Pampeano y el Ciclón se sientan también, en dos sillas comunes, desiguales. El Profeta irradia tranquilidad y una especie de cansancio, como si la prédica lo hubiera dejado exhausto.

Todos y cada uno deberán enfrentar la realidad, dice con los ojos cerrados y las manos juntas, como si estuviera rezando o introduciendo la entrevista. Aunque he tratado de encontrar la respuesta a todas las preguntas que me hacen, y aunque sé que es imposible avanzar viviendo en el pasado, no voy a decirles ni una sola mentira.

Entonces el Profeta abre los ojos y encara al Pampeano.

¿Qué mal te aqueja, hermano?

Maté a dos carniceros, dice el Pampeano con la cabeza gacha, el sombrero maltrecho sostenido con ambas manos. Uno era un chico apenas.

Algo me adelantó la Doctora, dice el Profeta. ¿De entrada los quisiste matar o ellos te querían matar a vos?

Ellos. Venían con redes y hachas.

Y te volviste de hierro para defenderte.

Sí. Y para defender acá al amigo, que ya había caído en la red.

El Profeta observa de reojo al Ciclón y asiente varias veces, sopesando el caso.

No te preocupes por nada, dice al fin. Tenemos buenos amigos, y buenos amigos perdimos a lo largo del camino. Todos defendemos lo correcto, los hijos de Jah deben unirse. Tu vida vale mucho más que el oro. Todo va a estar bien.

El Pampeano suelta un sollozo de alivio. Baja aún más la cabeza y asiente varias veces en silencio.

Si necesitás, después podemos seguir hablando, vos y yo. Ahora dejame conversar con el amigo que trajiste. ¿Cuál es tu nombre, hermano?

Daniel.

¿Y qué buscás por acá?

Alguna forma de subir.

Como tantos otros. A todos siempre les digo: abran sus ojos y mírense adentro. ¿Acaso no están satisfechos con la vida que viven? Pero no importa cómo lo trates: el hombre nunca estará satisfecho. ¿Qué querés de la bandeja?

Quiero encontrar al General Ismael Garro.

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