Bandera roja (23)

Roberta parecía más pequeña de lo que la recordaba . Ayudaba el hecho de que no hablaba, y de que si lo hubiera hecho, habría estado desprovista de la autoridad que tenía meses atrás.  Sobre todo porque la había atado y amordazado. Cuando empecé a vigilarla noté todo lo que había cambiado. Estaba más delgada y vulnerable. La esperé agazapado detrás de una  marquesina con mi cara. Un retrato que pretendía favorecerme. No aparecían las ojeras ni la barba mal cuidada. En el borde inferior se leía “martir de la patria rebelde”. Ridículo.

Siempre detesté las hagiografías Sin embargo fui ingresado al panteón oficial del nuevo orden. El gobierno de Ciudad Santucho dejó de ser reconocido por Córdoba, Santa Fé y Buenos Aires en diciembre, cuando la muerte del líder fue inocultable. Desde entonces pasaron nueve meses de guerra civil. Johnson fue designado secretario de la junta provisoria de gobierno. Sanzio fue encerrado en su casa de la avenida Alem, con custodia permanente en la puerta. No quedó claro si lo para cuidarlo o vigilarlo. Tanaka, la doctora Hernandez, Nora y yo nos establecimos en estampitas y afiches.

La estética de las rebeliones no sabe de ideologías. Nuestros rostros podrían intercambiarse con los de Lenin, Rosa Luxemburgo, Ho Chi Min o Camilo Cienfuegos. El único que salía bien en los posters era el Che Guevara, pero claro, haber sido guapo ayudaba. En mi caso, dudo que el culto a mi persona dure demasiado tiempo por dos razones: soy feo y he tenido el mal gusto de no morir.

Las guerras hacen salir lo peor  del ser humano. Cuando era adolescente me había impresionado un cuento de Akutagawa donde un monje termina robando pelo en un depósito de cadáveres para venderlo a un mercader de pelucas. Ese monje sería un virtuoso si lo comparáramos con las cosas que he tenido que hacer en estos nueve meses. Tengo a mi favor la impunidad y el caos. Y un buen par de pistolas, por supuesto.

De todas maneras esta situación no podía durar. La junta estaba  organizando un ejército rebelde. Los cambios de bando fueron rápidos y sin preguntas. En unos meses, Tucumán (de este lado del país habíamos vuelto a llamarla así) estaría rodeada; y de un día para el otro las fuerzas armadas de un régimen pasarían al otro.

Diez meses atrás había aparecido en el parque el cadáver del militar coreano y Johnson nos llevó a Gath y Chavez para empezar la aventura. Después vinieron el descubrimiento del Congreso, las huidas, los crímenes y las limpiezas. El final del gobierno del líder no terminó con los ataques de vampiros. Solamente se volvieron más cautos.

La cinemateca seguía  igual de abandonada. Esperé el horario de salida de Roberta. No hay muchos lugares en Córdoba donde pudiera esconderme No podía volver a mi departamento, ni buscar los túneles o acercarme a la casa de Sanzio. La única alternativa era secuestrar a Roberta. No fue difícil.Alcanzó con un pañuelo y un poco de éter.

Las certezas que sostenían su mundo resultaron igual de volátiles que el éter. Eso hizo que fuera tan fácil llevármela. Ya no tenía el aspecto de marimacho trotzkysta. Además la supervivencia me habían hecho un hombre más fuerte. Robar una casa o cargar una mujer dormida no son tareas complicadas. Atar una persona a su cama tampoco.

Aproveché el sueño forzado para conocerla revisando sus cosas. Para acceder a todos los secretos de una mujer alcanza con revisar la heladera, el armario, el botiquín y la mesa de luz.

La heladera estaba semivacía, como la de cualquier ciudadano común en tiempos de guerra. Lo poco que había era tan saludable como poco tentador. Ordenado además, de acuerdo a los preceptos de la educación higiénica del régimen. Las revelaciones mas interesantes llegaron al revisar otros espacios: ropa vieja con volados en el armario; perfumes, pinturas y chucherías en el baño; y en la mesa de luz, un ejemplar de “Mujercitas” junto a un paquete de toallas higiénicas. Ninguna caja de tampones. Mi exmujer decía que las que no usaban tampones eran vírgenes, timoratas, o las dos cosas a la vez.

Así que ahí estaba Roberta, la otrora encarnación de los valores revolucionarios convertida en una damisela en apuros. Sentí curiosidad de acercarme y olerla, pero no se puede poner en riesgo la seguridad por  ceder al instinto. Necesitaba, sobre todo, un lugar para esconderme y un plan. Si oficialmente era un héroe muerto, no podía  arriesgarme a cometer un error. Una bala y una fosa son soluciones demasiado frecuentes en este país, así que lo mejor era esperar que Roberta se despierte y explicarle, mentirle, que su momento de grandeza había llegado llegó. Que había  venido como heraldo de la rebelión para traerle el papel más importante de su vida.

Es joven, no tiene como saber que la mayor proeza es levantarse vivo cada mañana. Y que todos compartimos la misma naturaleza miserable. Estamos listos para traicionar y matar para sobrevivir.

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