La marea de bronce (22)

Fuego azul sobre  Tolomac

 

Tokan peleaba sobre varios maderos caídos de la empalizada. Los pelirrojos habían roto la defensa de las tropas asentadas sobre el puerto natural de la Gran Aldea y una columna numerosa presionaba en dirección al pueblo. Los lanceros elohim soportaban el brioso embate de los pelirrojos mientras por los flancos, mohaws y escalpadores, intentaban mermar la fuerza del ataque con sus hachas y lanzas.

Los pelirrojos eran muchos más de lo que Tokan y Emir esperaban. La playa y el puerto habían sido invadidos por más de tres mil pelirrojos. Y eso era sólo la cantidad que habían puesto pie en tierra. En la bahía unos cuarenta barcos de guerra pelirrojos esperaban su turno. Simplemente, no tenían lugar para llegar a tierra y estaban buscando un punto más al sur para desembarcar a sus guerreros. Cuando eso sucediera, la gran aldea de Tolomac, estaría perdida.

En la playa al norte del puerto, el general Emir, mantenía bien el avance de los enemigos aunque había tenido que ceder terreno para no verse rodeado. No tenía noticias de los escuadrones que cuidaban el camino del bosque más al norte, mandados allí para detener a los pelirrojos a caballo. Los había preparado mostrándoles copias de los dibujos del Gran Libro Blanco. No son más que grandes ciervos sin cornamenta les dijo. Pero temía que la carga de esas bestias destruyera las líneas de sus tropas. Nada podía hacer más que esperar. Lo más acuciante ahora era esas naves de pelirrojos que buscaban hacia el sur un lugar para el desembarco. No podía destinar tropas a detener ese desembarco, a riesgo de perder el frente.

Mientras pensaba en una solución, Emir vio como una bola de fuego azulada volaba en el cielo. Emitía un sonido parecido al siseo de las serpientes mientras surcaba el firmamento lentamente, como si esperara que todos la vieran. El fuego azulado cayó de lleno en un barco pelirrojo provocando un estruendo que hizo que varios hombres volvieran su mirada hacia el mar, desentendiéndose del combate por unos segundos. El fuego se esparció por el agua misma y alcanzó otros barcos. Emir vio dos bolas de fuego azul más antes de volver a concentrarse en la batalla. Fuesen lo que fuesen los proyectiles de fuego, habían solucionado el gran problema que tenían las tropas que defendían Tolomac. Tal vez, habían salvado la batalla entera.

 

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