Perpetua en Eribea (21)

La librería es en Colonia. Daniel Clement puede ver la avenida General Flores a través de la gran vidriera del local, limpia y transparente en su marco de hierro negro. Todavía entra alguna luz de la tarde. Las paredes ofrecen viejos libros de papel para quienes todavía se interesan en ellos. En algunos de los lomos multicolores puede verse el monograma WDLM. Del otro lado de un mostrador, un viejo de barba larga, chaleco negro y camisa blanca se dirige a Daniel Clement, que está sentado más abajo, en su banco de madera. El viejo parece un juez que hablara desde un estrado.

Mi nombre es Salvador Hernández. Mi abuelo fundó esta librería el siglo pasado. En esa época él era un librero; hoy, según cualquier indexación automática, esa categoría ya no existe: en los buscadores este negocio aparece bajo “antigüedades”. Supongo que eso me convierte en un anticuario. En cualquier caso, el placer de la gente que entraba a este negocio cuando encontraba el libro que venía a buscar, o alguna otra sorpresa que no esperaba ver, era el mismo placer que sentían antes los clientes de mi abuelo. Mis hijos desean que sepa que usted acabó con todo ese placer, señor Clement. ¿Tiene algo que decirme al respecto?

Daniel Clement demora su respuesta. Es lo que ha hecho en los últimos once epitafios desde el de la chica en el hotel: demorarse, enroscarse en aquellos diálogos largos e inútiles que alguna vez juró no reproducir más. Quiere darle tiempo al hacker de Oktubre.

El mundo de su abuelo no es el mismo que el suyo, señor Hernández. No puedo hacerme cargo de lo que le haya pasado a él.

El viejo cabecea en un gesto de duda amable, muy natural, salvo por el hecho de que se repite y se repite. Una computadora vieja que calcula su respuesta.

Sus acciones no terminaron sólo con las vidas de los vivos, señor Clement, dice al fin. También destrozaron los lugares donde residía el recuerdo de los muertos.

Clement está pensando su próxima movida cuando descubre que, detrás del viejo, los lomos de los libros comienzan a cambiar de color. No todos en bloque, sino uno por uno. Del color que fueran inicialmente, se van poniendo negros. Toda la estantería es como una imagen en baja resolución que varía píxel a píxel, oscureciéndose por sectores, al azar. Todavía no se ha ennegrecido por completo, cuando en algunos lomos empieza a aparecer el dibujo de unos puños blancos que revolean gruesas cadenas. A su vez, el patrón de todos esos logos va dibujando en la pared de libros el mismo logo en una escala más grande.

Nada es para siempre, dice Daniel Clement. El mundo de su abuelo iba a terminar de un modo u otro.

El viejo repite su cabeceo sonriente y perplejo. Son pocos los epitafios donde Clement puede ver una sonrisa en el otro. Quizás los parientes del viejo querían recordarlo así. Quizás era una buena persona.

¿Y de mí, señor Clement, qué me dice? Nunca le hice daño a nadie. ¿Merecía morir de esa forma?

Bueno, no está en mí juzgar el mérito de…, empieza a decir Clement en su intento de alambicar una respuesta compleja que obligue a la máquina a hacer cálculos inusuales, pero no necesita continuar: el contorno del viejo ya arde en un naranja incandescente.

No es el hacker gordo. O tal vez sí, sólo que ha decidido introducir modificaciones en su avatar. El viejo librero se ha transformado ahora en un lobo blanco y delgado, muy alto y antropomorfo, parado sobre las dos patas traseras. Con sus ojos ciegos y sus orejas largas y erguidas, recuerda vagamente a una deidad egipcia. En el pecho trae tatuado el distintivo de Oktubre, en un rojo furioso.

Saludos, ciudadanos de las Américas, arranca el lobo con la voz modificada. Recuerden que los administradores intentarán borrar este epitafio. Descárguenlo ya mismo, es el archivo…

¡Saludos, Oktubre!, interrumpe Clement. No está dispuesto a dejar que otra vez lo ignoren. El lobo baja su mirada glauca hasta él.

Lo siento. No hemos venido a conversar con usted.

Entiendo, dice Clement. No converse conmigo, si no quiere. Pero sáqueme de este lugar.

Imposible. Aunque quisiéramos, hacer eso no está en nuestras manos.

¿No? Por favor. Ustedes crackearon el Paladión. Nadie lo había logrado hasta ahora. El glorioso Oktubre puede lograr lo que se proponga. En lugar de inventar disfraces virtuales para dar discursos, ¿por qué no convocan a una expedición voluntaria a la Base Militar Antártida para sacarnos a mí y a los otros reclusos de este tormento? Una cárcel común, es todo lo que pido.

Antes de responder, el lobo gira la cabeza un instante, como si escuchara el consejo secreto de un hada o un diablo parado sobre su hombro.

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