Bandera roja (21)

El humo no terminaba de disiparse cuando volví a escuchar disparos. Por el ruido eran armas pequeñas. Seguramente pistolas calibre veintidós. No tiraban al azar. Lo hacían de una manera sistemática, rítmica. Entre las explosiones se oía también una voz masculina dando indicaciones. No hablaba con una tono militar, sonaba más bien como un administrador, o el supervisor de una línea de montaje. Cuando pude ver con más claridad me encontré con un equipo de cinco personas dirigido por un hombre flaco y alto, vestido con un traje sencillo. Nada de su aspecto llamaba la atención, salvo dos pistolas, una empuñada, la otra en la cintura; y el hecho de que tenía puestos guantes de goma. Los asistentes parecían empleados de desinfección. Además de armas cortas llevaban en la espalda unas mochilas con mangueras y boquillas rociadoras.

Aunque todavía me sentía atontado por el golpe, sabía que debía escapar. A no más de dos metros delante mío estaba Lyndstrom. Pensé que al no verme podía levantarme y correr pero no contaba con la agudeza de su oído. Cuando quise hacerlo, se dio vuelta, volvió a levantarme con una mano y me pegó en el estómago con la otra.

—No se le va a ocurrir irse ahora, cuando todavía no vio lo mejor— dijo, y me dejó caer en el piso.

El golpe me dejó sin aire. Ni siquiera cuando me torturaban en la cárcel me habían maltratado así. Lyndstrom giró volvió hacia donde estaba y me dejó para ir a saludar al equipo.

—¡Sanchez! Siempre puntual cuando hace falta.

Sanchez apenas si contestó con un gesto mínimo. Seguía evaluando la escena. Caminaba entre los cuerpos, y si encontraba alguien vivo disparaba en la nuca. El equipo lo seguía con respeto y reverencia. Traté de ver donde estaban mis compañeros. No los encontraba. No veía a Johnson, tampoco a Sanzio. Trataba de hacer foco cuando escuché la voz de uno de los asistentes.

—Mire Sanchez, un enano.

—¿Vivo?

—Si.

—Entonces proceda, ¿o acaso cree que lo vamos a vender a un circo?

El asistente le disparó en la cabeza. Era Pablo. El cuerpo cayó al lado del de Esteban y el de Hernandez. Había muerto con sus enanos. No había caja de cristal ni príncipe que la rescatara.

Una voz de mujer gritaba. era esa voz: la comandante. Pedía ayuda. Sanchez se acercó a ella con tranquilidad. Cuando la tuvo cerca le metió un balazo entre los ojos. Entre los cuerpos que revisaban los asistentes alcancé a reconocer a Nora y a Tanaka. Definitivamente, si no escapaba ahora iba a terminar con una bala en la cabeza, pero no me reponía del golpe. Mientras tanto el equipo de Sanchez conversaba como si estuviera en una oficina.

—¿Este viejo es el líder?

—Parece. ¿Hay que rematarlo?

—No. Ya está bien liquidado.

Muerto. El líder muerto. Entonces triunfamos. ¿Triunfamos? ¿Quiénes? ¿Sobre quién?

—Señorita Lyndstrom

—¿Si Sanchez?

—¿De qué material es el piso?

—Diría que es mármol.

—Mejor. Muchachos, los muebles al costado y los cuerpos al medio.

Los asistentes armaron con rapidez una pila con los cadáveres. Mientras movía el cuerpo del líder, Sanchez volvió a preguntarle a Lyndstrom

—¿Sigue teniendo casa en La Cumbre?

—Si. A pesar de que éste idiota que está atrás incendió una buena parte, estoy parando ahí.

—Bueno, ¿cuando terminamos me acerca al golf? Quiero hacer unos tiros antes de volver.

—Seguro. Ahí lo llevo.

Sanchez dio unos pasos hacia atrás para apreciar su trabajo.

—Muchachos, no olvidarse de antiparras y guantes.

El equipo se preparó y empezó a rociar los cuerpos. El olor a carne quemada se mezcló con el del gas y la pólvora.

Lyndstrom interrumpió.

—¿Seguro que esto no va a arruinar el piso, Sanchez?

—Señora, somos profesionales.

Como Lyndstrom se había acercado al centro del salón tenía una pequeña oportunidad de escapar. Salí corriendo del hotel, atravesé el teatrino y el parque. Del otro lado del cerco no encontré el Polsky Fiat. Johnson había escapado. Con un poco de suerte Sanzio estaba con él. Pero, ¿cómo los encontraría?, ¿donde?. No tenía ningún lugar adonde ir. ¿O sí? Al castillo Mandl, a esperar a Lyndstrom y liquidarla. Porque sí, solamente para tener la satisfacción de verla disolverse en espuma babosa.

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