Perpetua en Eribea (20)

En el escenario la Doctora descorre un telón hecho de retazos multicolores. Aparece un hombre grande y fuerte, aunque ya entrado en años. Se para entre dos percheros de hierro casi tan altos como él. Los percheros no están cubiertos de ropa, sino de velas encendidas. Su túnica está tan limpia que refulge en la penumbra del teatro, aunque quizás sólo sea un camisón. Tiene la piel muy oscura y el rostro cruzado de viejas cicatrices. Pero lo más llamativo es su largo cabello gris: gruesas serpientes lanudas, del grosor de un cigarro, que le dan a su cabeza un volumen enorme, y que le llegan hasta la cintura. Ahí se reúnen, atadas por una cinta tricolor: roja, amarilla y verde. En la mano trae un librito muy sobado. La presencia del Profeta impone silencio. Todos, incluida la Doctora, se sientan en el piso.

El Profeta levanta el libro abierto como si estuviera por liberar a un ave. Entonces empieza la prédica del día:

Si conocen su propia historia, entonces sabrán de dónde vienen. Así no tendrán que preguntarme quién me creo que soy al decirles: demos gracias y alabanzas al Señor, y así nos sentiremos bien.

Unámonos y sintámonos bien, corean todos.

Hermanos: llegué desde lejos igual que muchos de ustedes. Estaba herido y quería dejarme morir. Pero Jah puso el Libro abierto junto a mis ojos. Hundido en el polvo, sus páginas hablaban por mí y para mí. Decían: Señor, debo seguir moviéndome hasta donde no puedan encontrarme. Señor, ellos vienen tras de mí. Eso leí en la página abierta ante mis ojos. Pude recuperarme y así mi camino se cruzó con el de mi compañera, la de todos ustedes.

El Profeta señala a la Doctora. Alguien del fondo grita: El amor nunca nos dejará solos.

Amén hermano, asiente el Profeta. Ella me ayudó y me habló con la sabiduría del Legendario. No fueron éstas sus palabras, pero sí su espíritu cuando me dijo: compartiremos la misma habitación, sí, pues Jah nos proveerá el pan.

Solidaridad, sí. Esto es lo que quiero que se pregunten hoy, hermanos: ¿acaso hay un lugar para el pecador sin esperanza que ha herido a toda la humanidad sólo para salvarse a sí mismo? La respuesta es no, porque no hay donde esconderse del Padre de la Creación. Por eso los hijos de Jah deben unirse. Tengamos piedad de aquellos cuyas oportunidades han mermado. Y recordemos que por cada pequeña acción hay una reacción. Cada día pagamos el precio con un pequeño sacrificio, y así seguiremos, improvisando hasta que la improvisación cese. ¡Unámonos para pelear contra este Armagedón sagrado!

¡Un amor!, corea la concurrencia.

¡Sabemos adónde estamos yendo! ¡Sabemos de dónde venimos!

¡Estamos dejando Babilonia y yendo a nuestra Patria!, dicen todos.

Todo va a estar bien, cierra el Profeta, bajando de su exaltación y haciendo una respetuosa reverencia. Después da media vuelta y se mete tras el telón.

Un murmullo general de comentarios e interpretaciones va llenando el teatro mientras la gente se pone de pie y vuelve a sus actividades. El aire parece renovado para todos. La Doctora sube al escenario y también se pierde durante unos minutos al otro lado de la cortina multicolor. Cuando sale, baja y se acerca al Ciclón y al Pampeano.

Pueden pasar, dice. Diez minutos nomás. Piensen bien lo que van a decir.

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