Bandera roja (20)

—¡De todos los lugares obvios el más obvio!

—¿Y qué? La vida no es una película, deberías saberlo.

—Es que no tiene sentido.

—¿Qué?

—Que el hermano Marcelo esté muerto por ayudarnos a descifrar un papel invitando a un congreso de vampiros en el Hotel Edén. Si yo fuera uno de ellos supondría que este es el primer lugar de Córdoba en el que me buscarían.

—Pero no sos vampiro, y el vulgo no mira las películas que guardás en la cinemateca. Callate y agachate que nos pueden ver.

Las conversaciones con Johnson se ponían cada vez más incómodas, a lo que había que sumarle el hecho de llevar dos horas escondidos entre los arbustos de cerco del hotel. Esperábamos divididos en pequeñas brigadas, que Tanaka nos diera la orden de atacar. Nora, que había sido gimnasta, estaba ubicada en el techo, Tanaka y Sanzio iban a entrar por el frente, Hernandez y los enanos debían atacar por la entrada de personal de servicio, mientras Johnson y yo íbamos a llegar cruzando el parque y el teatrito. Cuando era chico, mi abuela me contaba que en el Hotel Edén aparecía el fantasma de la hija de uno de los dueños. Para mi abuela los espectros eran un asunto muy serio. Si hubiera sabido que iba a estar en el parque del hotel cazando vampiros me hubiera cruzado la cara de una cachetada por delirante.

Seguimos apostados en el cerco media hora más hasta que sonó la señal del intercomunicador. Johnson era el encargado de decodificar porque no entiendo el morse.

—A moverse. En diez minutos Nora va a entrar por la claraboya del techo.

—Pero…

—Dejá de dudar. El momento es ahora.

Empecé a sentir un dolor a la altura de los riñones y rigidez en la nuca. Los síntomas de la subida de adrenalina. Cruzamos el parque sin problemas. El teatrito estaba vacío de personas pero lleno de autos. Por las marcas y modelos se podía suponer que además de vampiros, el hotel estaba lleno de jerarcas del partido. No encontramos obstáculos para entrar, el camino estaba despejado. Una vez adentro nos cruzamos con Hernandez y los enanos en uno de los pasillos laterales. Parecían escapados de una escena de “Blancanieves y los siete enanos”. Les faltaba cantar. Por como agarraba el fusil se notaba que Hernandez no era conciente de la gravedad de la situación. Los enanos, como siempre, discutían.

Llegamos a uno de los corredores que llevaban al hall central. Johnson mandó el mensaje de que estábamos en posición. Mientras decodificaba la respuesta de Tanaka sentí una voz conocida desde el salón. Inconfundible. La comandante Martinez Suarez, Mirtha Legrand, Chiquita. Podía usar las mismas inflexiones para ser “La vendedora de fantasías” o la maestra violada por “La patota”. Me acerqué para escuchar qué decía.

—…y a pesar del ataque artero a nuestras instalaciones, los avances que hemos logrado en regeneración celular son más que auspiciosos para asegurar la permanencia de nuestro líder. Y la presencia entre nosotros de la doctora Abramovic es la prueba más fehaciente”.

Aplausos. Abramovic estaba viva. Hernandez había tenido razón. Tendríamos que haber vuelto a rematarla.

¿Faltaría mucho para la señal de ataque? ¿Con qué íbamos a encontrarnos? No tenía respuestas ni podía pensarlas. La voz chillona de la comandante se metía en mi cabeza como un taladro.

—“…y este nuevo logro de la revolución popular nos llena de alegría, pero no tanta como la que nos da la presencia del líder aquí entre nosotros.”

¡El líder, ahí! ¿Cómo llegamos a este punto? No pensé más. Sentí el chillido del intercomunicador y el grito de Johnson:

—¡Ahora!

Entramos corriendo en el momento justo en que Nora rompía los vidrios de la claraboya y caía desde el techo sostenida por un arnés. Todavía colgando empezó a disparar, pistola en una mano, ametralladora en la otra.

—¡Al escenario, disparen al escenario! La voz de Tanaka se escuchó claramente entre los disparos. Alcancé a verlo antes que Sanzio lo sobrepasara, y poniendo una rodilla en el suelo buscara la mejor posición para tirar. Abrió fuego con los escritorios donde estaban Abramovic, el líder y la comandante. Nora seguía suspendida del techo disparando cuando, desde el piso, algunos miembros del Congreso reaccionaron y comenzaron a contraatacar. Trató de bascular mientras tiraba ráfagas cortas de metralla. Hernandez y los enanos tiraban a lo que se les cruzara, sin ninguna estrategia. Por las baldosas del hall  corría sangre mezclada con la espuma babosa que dejaban los vampiros al morir.

 Mientras me parapetaba para tirar con la pistola, sentí el estallido de las bombas de gas lacrimógeno. Entraban por las ventanas rompiendo los vidrios. Nora se desenganchó del arnés mientras esquivaba las balas y trataba de no perder la pistola y la ametralladora. Tanaka había cambiado de armas: con un cuchillo de caza degollaba a quien se le cruzara. Sanzio tiraba escopetazos ciegos hacia delante.

Traté de tomar distancia y respirar aire fresco cuando sentí una mano que me agarraba por la nuca y me levantaba en el aire. La voz que escuché me aterrorizó aún más. Tranquila y pausada la señorita Lyndstrom me dijo:

—¿Haría el favor de apartarse? Tengo trabajo por hacer.

Después me arrojó contra la pared. Estuve atontado. No supe cuanto tiempo pasó. Solo se que dejé de escuchar disparos. En el medio del olor a gas, a pólvora y a sangre se estableció un silencio apenas interrumpido por gritos de agonía; y, nuevamente, la voz de Lyndstrom:

—¡Que desastre! Por suerte ya llega Sánchez para limpiar.

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