Musa (20)

Apenas la conexión se activa siento el frío.

Estoy descalzo, vestido con harapos, en el interior de un edificio inmenso y en ruinas. Afuera, a través de unos ventanales, veo nubes grises cubriendo todo el cielo.

Camino por  un pasillo inmenso sin tener miedo pero sabiendo que algo me espera al final.

El corredor sigue y sigue, ventanales sobre mí, puertas cerradas a mis lados. Al fin llego a una gran puerta abierta de par en par que me lleva a un auditorio enorme, lleno de butacas tapadas de polvo y rotas. Está vacío, en penumbras, pero su escenario está iluminado. Sobre el escenario un micrófono en el centro, un telón y el resto solo oscuridad.

Bajo por las escaleras entre las butacas y me dirijo al centro del lugar. Me siento y en silencio espero que suceda algo.

Miro mis pies y están lastimados, llenos de tierra. Trato de recordar como llegué allí pero no puedo. La Musa no contiene esa información, no me entrega nada más que este momento y este sitio.

Entonces, del costado derecho del escenario, tras el telón que permanece cerrado, veo aparecer a alguien. Es un niño, de unos 6 años, vestido con un smoking negro. Se acerca al micrófono con gesto serio. De pie junto a él mira con los ojos vacíos hacia el auditorio en el que soy su único espectador. No nota mi presencia.

Saca un papel de su bolsillo y lo lee para sí mismo.

Espero ansioso a que diga algo. El niño rompe el papel y lo arroja al piso. Cierra los ojos y parece balancearse allí, de pie en el centro del escenario.

De pronto grita.

Grita lo más fuerte que puede, su rostro se pone rojo, su voz resuena por el lugar vacío.

Chilla, grita, pero lo hace como si estuviera usando un idioma gutural, pronunciando sonidos que tienen un significado que se me escapa.

Al fin se calla, lanza otra mirada ausente a la sala y vuelve a desaparecer tras el telón con pasos rápidos.

La iluminación sobre el escenario cambia de color. Todo se vuelve de una azul tenue, fantasmagórico.

Una niña aparece esta vez desde la izquierda. Tiene unos diez años. Lleva un vestido blanco con pequeñas flores que me parecen doradas, brillan como estrellas en la oscuridad del telón.

Parada frente al micrófono se acomoda la ropa con las manos y se pone erguida, preparándose. Parece haber estado llorando, a lo lejos adivino sus ojos rojos y húmedos, su rostro ruborizado. La observo en silencio esperando.

Y entonces empieza a cantar.
No comprendo sus palabras pero su voz y la melodía me invaden, resuenan en mi cuerpo, erizan mi piel.

Creo reconocer la canción, como si la hubiera oído en mi niñez o quizás en sueños.

Su tono es dulce y profundo, no parece la voz de una niña de su edad.

Luego del dolor que sentía en la RCEC anterior, que me acompañó aún en el mundo real, El Artífice me da esta belleza, este placer, como curándome de lo anterior.

La niña termina de cantar, se queda allí de pie, en silencio.

No puedo contenerme y aplaudo a rabiar, me pongo de pie y mi ovación resuena por toda la sala.

Ella me observa asustada y corre fuera del escenario. Sigo aplaudiendo un largo rato aunque ella ya no esté.

 

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