La marea de bronce (19)

El árbol que esconde el fuego

 

—¿Te encuentras bien maitreya? —dijo Cielo de Jade mientras ayudaba a Irtza a sacarse la corona de hueso.

—Si, viejo amigo. Algo ha pasado al norte. Creo que tu rey podrá probar sus juguetes antes de lo previsto.

—¿Partiremos solos hacia las tierras de los hombres de plata?

—No, no. La ciudad de Tolomac, al norte, va a ser atacada por una flota de pelirrojos. Necesitamos partir de inmediato para ayudar a los mohaws y las tropas elohim que Emir dirige hacia la costa. —dijo Irtza mientras bebía xocolath, la bebida de los dioses nahuas.

Cielo de Jade había quedado pensativo. El gigantesco llamado a la guerra no era algo que lo hubiera tomado desprevenido. Que hubiera ciudades al norte, eso sí que era novedoso para él.

—¿En que piensas, Cielo de Jade? —dijo Irtza interrumpiendo el pensamiento del sacerdote nahua.

—Ciudades en el norte. —es la primera vez que escuchó eso Irtza.

—Debo aclarar, Cielo de Jade, que ante la magnificencia de sus ciudades, sus pirámides y palacios de piedra, Tolomac es poco más que una gran aldea. —dijo Irtza volviendo a revisar los códices de Cielo de Jade. —¿Dónde nos quedamos, Cielo de Jade? —agregó el maitreya.

—En la Serpiente del Mar, Irtza. Hicimos dos viajes a mar abierto y respondió excelentemente. Esta provista con seis bocas de fuego, dos en cada costado y una en cada extremo. La tripulación es de 100 hombres, sin contar los remeros y tiene almacenes con capacidad para alimentos y agua para siete meses.

—¿Es decir que puede zarpar hacia el norte de inmediato?

—Sí, maitreya. Cuando el rey Palan lo ordene.

—Debemos hablar con él, Cielo de Jade. Palan es el único que puede unir las ciudades nahuas bajo el estandarte de Jade. Pero necesita una batalla gigantesca para mostrar que puede ser ese líder. Los pelirrojos nos han dado esa oportunidad, Cielo de Jade.

—Palan ha tenido grandes batallas, Irtza. Los Tenochtchas lo ha sufrido dos veces. La victoria sobre el Emperador Quetzal en la Selva de Olm, puso virtualmente a treinta reyes nahuas bajo ordenes de Palan. Los músicos recitan el Poema de La Selva Sangrienta en su honor y no sólo en Kalen Kalen, todos los niños nahuas, indiferentemente de cual sea su ciudad y su rey saben quien es el gran rey Palan. —dijo Cielo de Jade, con orgullo.

—Y sin embargo, los tenochtchas se expanden cada vez más, taponando a los reinos nahuas en la península de Iutca. —dijo Irtza pensativo. —Pero tienes razón en algo sacerdote. Palan será un hombre clave en La Marea. Está hecho por los dioses para grandes campañas. —agregó Irtza, exagerando un poco para no dañar el orgullo de Cielo de Jade.

—Palan estará encantado de marchar al norte. Y podrás ver en acción la Serpiente de Mar, a los fantásticos arqueros tucán  y  a las bocas de fuego en primera línea.

—Se me olvidaba eso, Cielo de Jade. —dijo Irtza revolviendo los códices. —¿Cómo lograste fabricar el fuego azul?

—El ingrediente perdido estaba frente a nuestros ojos, maitreya. El árbol que esconde el fuego, del que hablaba el Libro de las Almas de Han, no es otro que el xhule, casi maleza en nuestras selvas. Cuando su pulpa toma fuego, no puede apagarlo ni siquiera el agua. Un proyectil puede arder hasta cinco días, incluso bajo el mar.

—En el Monte Shastza sabemos de las piedras de fuego eterno que duermen en el centro de la tierra, pero su dominio aún pertenece a los secretos de Visna. —dijo Irtza

—Como la lengua que crea.

—De eso sabemos algo más, Cielo de Jade.

—Es el arma más poderosa que podríamos tener maitreya.

—La Marea contará con grandes armas, Cielo de Jade. Pero no es algo de lo que debamos hablar ahora. Debemos ver a tu rey y zarpar al norte.

—Palan nos visitará en el Observatorio al mediodía, Irtza. Parece un niño ansioso en espera de la gran guerra. Desde su infancia, cuando lo eduqué en los asuntos del trono y en la historia de nuestros pueblos, me preguntaba cuando llegaría La Marea. Era lo único que parecía interesarle aparte de entrenarse en las artes de la guerra. Tal vez no la veas príncipe, solía responderle para ver la decepción en sus ojos. —dijo Cielo de Jade con una sonrisa en su rostro.  —Pero —continuó —cuando recibí tu visita en el sueño en que me enseñabas las nubes tortugas y el lago rojo, no pude evitar contarle que al fin había llegado la noticia de la gran guerra. Y su ansiedad se ha vuelto obsesiva desde que estas en Kalen Kalen.

—La guerra nos llegó antes de lo esperado, Cielo de Jade, y algunos hombres como tu rey son jaguares sedientos, esperando salir de caza. Yo sólo puedo desear que esta guerra no sea una sombra que nos cubra para siempre. Sabemos que Visna, El Todo, ha soñado La Marea. Lo que no sabemos, Cielo de Jade, es cuáles serán sus costos. Y cuál será su resultado.

Cielo de Jade creyó adivinar un destino para Palan en las palabras de Irtza, pero no preguntó nada. El sol comenzaba a descender sobre la Ciudad de Kalen Kalen y las sombras de la pirámide de Kulcan dónde se encontraban, se proyectaba sobre la plaza principal como una gigantesca serpiente zigzagueando entre la gente que iba y venía en las calles, ajena a los grandes sucesos que se avecinaban. —Que no sea una sombra que nos cubra para siempre. —dijo en un susurro, repitiendo las palabras de Irtza.

Detrás de él, Irtza levanto la cabeza de los códices y cerró los ojos. Un hilo de sangre salió de su nariz y recorrió su blanquísima barba.

—Que así sea. —dijo. —Que así sea.

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