Perpetua en Eribea (19)

Hacen otra fila hasta llegar a un tablón donde una mujer les sirve un plato de sopa y les da a cada uno un pedazo de algo que no es galleta ni pan. Todos remojan la masa en la sopa gris o sorben el líquido desde el plato. Nadie tiene dos platos iguales.

¿El Profeta me va a ayudar a subir?, quiere saber el Ciclón. Desde otros círculos de gente, algunos lo espían de reojo.

El Profeta ayuda a todos, dice el Pampeano. Cuando la vida en la Martinga parece no tener sentido, el Profeta reencamina nuestros espíritus. Él también vino de arriba, así que sabe cómo volver.

¿Y por qué no vuelve?, pregunta el Ciclón. ¿No es mejor allá?

Él dice que allá uno piensa que está en el paraíso, pero en realidad vive en el infierno. Además si vuelve a trepar, lo liquidan.

¿Por qué?

Quiso defender a los otros que construían Babilonia con él, dice el Pampeano señalando el techo del teatro. Quiso organizarlos para evitar el abuso que se hacía de todos ellos. Nos pagaban, y con el hambre que yo había pasado antes, a mí siempre me conformó esa paga. Pero el Profeta dice que era una miseria, y que mientras nosotros construíamos su penitenciaría y sus escuelas, recibíamos una educación lavacerebros para convertirnos en tontos. Dice que nos esclavizaban como antes habían esclavizado a nuestros ancestros por esta nación. Y que ahora nos ven con desprecio mientras se comen todo nuestro maíz.

¿Hay maíz allá arriba?

Qué va a haber… Es una forma de decir. Una parábola: así me explicó la Doctora que se llama eso. Como las de Jesús, salvo que nosotros ya estamos hartos de morir e ir al cielo en el nombre de Jesús. Sabemos que el todopoderoso es un hombre viviente. Él recibió la iluminación cuando lo tiraron a la Martinga. Cuando hable tenés que atender para entender. Hay una mística natural que puede oírse fluyendo en el aire. La basura enseña, hay que saber escarbar y encontrar, y lo que él encontró fue el Libro de los Cantos. Lo habían sacado de su cama, y lo habían golpeado toda una noche casi hasta matarlo, y después lo habían tirado acá abajo, y el Profeta se hubiera muerto si no hubiera caído justo al lado del Libro de la Leyenda. Esas palabras desconocidas le dieron fuerzas para arrastrarse hacia el centro de la Martinga. Huyó como un fugitivo para salvar su vida. Así nos dice siempre. Y se encontró con la Doctora, que le curó las heridas.

¿Y ella? ¿Cómo llegó acá?

Nadie sabe. No habla sobre su vida anterior. Pero la Doctora y el Profeta nos organizaron, así que respetamos su silencio. Ella le salvó la vida a muchos. Pero ahora, atención: escuchemos y memoricemos, para poder reflexionar después. Ahí vienen.

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