Bandera roja (19)

De todos los automóviles del orbe socialista que circulan por el país, el único que no había probado era el Polsky Fiat. Gracias a la habilidad de Nora para falsificar papeles, equiparable a la de tirar a larga distancia y armar ramos de flores, tuve mi primer viaje en un 126p. Sin duda andaba mejor que el Dacia y era más cómodo que el Trabant utilitario que teníamos en la cinemateca. Y eso que íbamos cuatro (Johnson y yo adelante, y los “enanos malditos” atrás),  manejando a una muerte casi segura en el intento de infiltrarnos en el Congreso.

Cuando estuvimos a la altura de la morgue del Hospital Córdoba, por la calle Ibarbalz, Johnson empezó a darme más información:

—Entiendo que estés alterado por el encierro, pero cuando tengas toda la información vas a coincidir conmigo que fue lo mejor. Teníamos agentes infiltrados en la Alianza.

—Ya lo sabíamos. Pablo era uno…

—Si. Nos dimos cuenta cuando te interrogó la psicóloga.

—Pobre mujer.

—No te compadezcas, ella había elegido un bando.

Johnson podía ser desconcertante. Aunque su estructura moral se me presentaba como coherente y sólida, había momentos en que no entendía su lógica. A lo mejor tenía razón Roberta y el problema era mío, que no tenía ninguna escala de valores que justificara mi conducta.

Siguió explicando: —Pablo no es un problema porque lo tenemos identificado. Mucho más peligrosas son las pasantes de la cinemateca, que están esperando que aparezcas.

—Me parece demasiado burdo.

—Eso porque vos esperás inteligencia de los servicios de inteligencia.

Nos reímos de la ocurrencia pero enseguida Johnson retomó el tono circunspecto.

—Hay otros traidores. Sospechamos de alguno de los escritores que estuvieron con vos en la casa Museo de Alta Gracia. Ese debió entregar al hermano Marcelo.

—¿Qué le hicieron?

—Lo habitual. No preguntes. De todas maneras el sacrificio de Marcelo no fue en vano, nos permitió avanzar en muchas cosas.

Me quedé pensando en las palabras que acababa de escuchar. Parecían sacadas de alguna reseña escolar de los “Héroes de la revolución”. Definitivamente todas las causas justas o injustas, terminan apelando al mismo lenguaje épico.

—De todas maneras —siguió Johnson— hoy es el día: vamos a dar el primer golpe.

—¿Y si nos están esperando? Vos mismo dijiste que podía ser una trampa.

—Un hombre debe hacer lo que debe hacer.

Tendría que haberle dicho que estaba diciendo una frase de Fred MacMurray, que empezaba a parecer un personaje; pero no lo hice. A lo mejor estoy genéticamente impedido para ser un héroe. Nunca fuí el “hombre nuevo” ni el disidente rabioso. Y sin embargo ahí estaba, en un Polsky 126p, manejando al lado de un hombre dispuesto a matar o morir, mientras en el asiento de atrás, otros dos discutían sobre la cuadratura del círculo o la función del orgasmo.

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