Musa (19)

Pasó un tiempo hasta que El Artífice dio señales de vida nuevamente. Meses en los que, como hacía mucho tiempo no sucedía, me sentía muy feliz. La experiencia con la Musa me había dejado con una extraña sensación de alivio y toda mi angustia anterior había desaparecido. ¿Habría pensado él en eso, al crearla?

Seguí trabajando y esperando, imaginando qué sería lo nuevo.

La primera nueva RCEC había buscado transmitir un sentido de hermandad, creado a partir de la desesperación que sentimos en ese momento. Compartir ese abandono y ese miedo, con otros, me había hecho muy bien.

Apenas la Musa fue subida me conecté a ella sin saber qué esperar.

 

Y en un instante paso de la oscuridad hacia la luz.

Sentado en una habitación blanca, parpadeo tratando de acostumbrarse a la iluminación.

Observo mis manos y entonces lo noto. La piel se rasga, veo mis huesos y mi sangre; me sumerjo dentro de ella y contemplo un mundo desde arriba, como si fuera un dios.

En mi interior, una tierra y un cielo distintos a los nuestros, en el que reconozco la vida de un mundo, animales, plantas, montañas, ríos y seres pensantes. No me alcanzan las palabras para explicarlo, como no me alcanzaban en ese momento los sentidos para percibir todo lo que estaba allí.

No percibo solo un momento, sino el desarrollo de todo un universo.

Puedo ver a los seres más inteligentes vivir, matar, reproducirse, progresar, volverse una civilización. No son humanos pero se comportan igual que nosotros a pesar de sus extrañas formas circulares, con múltiples brazos y piernas. No notan mi presencia, no saben que un espectador los observa sin juzgarlos, con curiosidad y un poco de tristeza.

Todo lo que sucede allí repercute en mí. Me pregunto si todo esto realmente existe en mi cuerpo. Pareciera que todo ocurre dentro mí. Siento ciudades creciendo, sus movimientos resuenan en mi mente. Su sangre y sus lágrimas, su felicidad y su tristeza, su vida y su muerte, son parte de mí y me conmueven. Como un ser omnipresente veo sus vidas pasar, veo pasado y futuro mezclados, veo el peligro y el dolor, pero no puedo acercarme a ellos.

El tiempo pasa, al igual que en nuestro mundo real, los seres más inteligentes destruyen todo poco a poco y se matan entre ellos.

Finalmente, con su mundo diezmado, las dos últimas criaturas sobrevivientes desaparecen en la intemperie de un cielo plomizo como el de nuestra realidad. Los veo abrazarse y mirarse, ¿una madre y un hijo quizás? Mi cuerpo siente el malestar de su muerte invadiéndolo como una enfermedad. El polvo de una tierra muerta los tapa hasta que desaparecen de mi vista.

 

Cuando me desconecto siento otra vez una inmensa tristeza y mi cuerpo, aún infectado de ese dolor irreal, vomita la comida del día hasta sentirse mejor.

El Artífice vuelve a ir más lejos. Nos afecta a todos aún cuando ya abandonamos la RCEC.

 

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