Perpetua en Eribea (18)

Lo de “experimento”, siguió diciendo el Gordo, le daba a Eribea cierto carácter temporal. Pocas cosas resultan más permanentes que lo que en principio se declara provisorio. La victoria de la derecha fue clara: quince años después de la limpieza en la zona del desastre; después de la ayuda internacional y la Intervención y el cambio de la capital argentina a Córdoba y la Guerra de División; después del juicio, expeditivo y correcto, vino la creación de la primera base experimental de Reclusión Intensiva en la Antártida. Y con eso, el uso contra el propio Daniel Clement de varios de sus propios desarrollos tecnológicos, la ley internacional que prohíbe el ensamblaje, transporte o almacenamiento de armas de destrucción masiva en el cono sur y la reconstrucción, anunciada con bombos y platillos, de la gloriosa Argirópolis, o Colonia del Buenayre, o Aires del Sacramento, o la Martinga, o la Ciudad de los Pilares: como cada uno prefiera nombrarla, aceptado ya el desacuerdo interminable que ensombrece la cuestión.

¿Qué más ha pasado tras estos quince años? Justo aquello que, durante el juicio, anticipó el filósofo Armando Delfi en su ya famoso Flexibilidad de los umbrales: con la instalación mediática de Eribea como pena máxima, los ciudadanos de las tres Américas pasaron a aceptar la pena de muerte como un nivel tolerable de castigo. Exceptuando a Canadá, el resto de los países que la habían abolido hacía siglos volvieron a abrazarla. Esta es la artimaña que Oktubre seguirá denunciando hasta que Eribea sea desmantelada: ese nivel extra de castigo virtual aplicado a un puñado de criminales, nos ha reacostumbrado a la pena de muerte. Hoy nos parece natural, socialmente aceptable, pero cabe recordar que antes las ejecuciones no eran tan expeditivas ni cosa de todos los días. La nueva pena máxima nos parece juiciosamente administrada, en parte porque quince años después del juicio de Clement sólo la hemos aplicado a otras once personas: tres dictadores genocidas, cuatro terroristas globales que operaron con armas bacteriológicas, tres asesinos multi-seriales de niños y, no sin controversia, un magnicida. A pesar de los sospechosos números que presenta el gobierno de cada región, los índices de violencia general no han disminuido en ninguno de los estados americanos, algo que cualquier habitante de una megalópolis puede comprobar.

También hay un gran negocio de por medio. Pero se nos acaba el tiempo para esta intervención. Haremos otras declaraciones más adelante, sin fecha fija. Hasta entonces, Oktubre se despide como siempre: “¡Sin un estandarte de mi parte! ¡Te prefiero igual! ¡Internacional!”.

La figura se disuelve. La cama queda vacía. En el espejo frente a Daniel Clement todavía se refleja la espalda de la chica. Parece que la situación va a prolongarse, y en cierto modo, tener una habitación en silencio y para él solo es una comodidad que Clement no ha gozado en años. Puede pensar: sobre el hacker gordo, sobre el juicio, sobre Eribea… Pero entonces la voz de la chica resuena entrecortadamente en el centro de la habitación vacía.

Puede-dispon-de-libres-Clem-¿seguro?-terminad por hoy.

Y todo vuelve a oscurecerse otra vez.

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