Bandera roja (18)

La mañana del ataque al Congreso me desperté desconcertado. No podría afirmar que estaba excitado. Nunca fui un tipo demasiado interesado en el sexo. Cuando tenía alguna relación duradera generalmente ella terminaba yéndose quejándose de mí carácter. 

Y sin embargo, a pesar del poco interés que tenía hacia las relaciones, había vuelto a soñar con Roberta. No con Nora, ni con la doctora Hernandez. En el sueño Roberta se descubría el cuello y los hombros y yo pasaba la punta de la nariz y los labios por el espacio entre los omóplatos.

Si en el sueño tenía la intención de ir más allá no lo sabré nunca porque los “enanos malditos” me despertaron con sus gritos. Me pareció entender que discutía sobre la moralidad de Molotov. Esteban lo condenaba por haber firmado el Pacto de No Agresión con Alemania y Pablo lo reivindicaba por haber creado el cóctel explosivo que, según él, le había permitido a tantos pueblos sacudirse de encima la dominación imperialista.

Ya había pasado dos semanas en la compañía de los dos pero todavía no llegaba a entender si realmente eran así o era una estrategia, una simulación para esconder que me vigilaban. Todo indicaba que eran genuinamente así: podían debatir durante horas si Kautzky era o no un traidor al socialismo, o sobre cual era la exacta cantidad de centímetros del picahielos que habían entrado en la cabeza de Trotzky, cuando fue atacado por Mercader.

Lagañoso y con la boca pastosa me senté en la cama y busqué ropa para vestirme. Extrañaba mi departamento, mis pocos libros. Hasta el paisaje de ropa colgada que veía desde el contrafrente.

La voz de Johnson me sacó del “spleen” matinal.

—Buen día. Veo que tu cara está mejor.

Instintivamente me toque la mejilla antes de contestarle. En tanto tiempo de aislamiento me había olvidado de mi aspecto.

—Buen día, ¿a qué debo el honor?

—No pierdas tiempo con ironías. Tenías que estar escondido. Tu departamento tiene custodia permanente, y la semana pasada mataron a Marcelo. Te echan la culpa a vos, lo que te hizo subir muchos puestos en la lista de los enemigos del pueblo.

Johnson me mostró un diario. Había fotos del incendio del castillo, del hermano Marcelo y de los doctores Julius y Abramovic. A estos dos últimos, los epígrafes los describían como héroes científicos de la revolución. Más abajo, una foto vieja de mi prontuario policial acompañada de una descripción de mi crueldad y peligrosidad. Me quedé pensando en cómo sería una película sobre mi vida, ¿me parecería a Richard Widmark, que tiraba a la tía inválida por la escalera, a George Raft, revoleando una moneda antes de asesinar, o tendría la cara de James Cagney, descargando golpes en la cara a las mujeres?

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