Musa (18)

Perdido en mi desesperación rastree en los meses siguientes las listas de novedades buscando las Musas de El Artífice.

En todas las RCEC que los creadores ponían en línea buscaba señales de mi admirado artista. Cada nombre nuevo, cada alias, me hacía apresurarme a  conectarme buscando los sueños que había prometido darme para despedirse.

El tiempo pasó hasta que al fin un día El Artífice me dio la felicidad prometida. Estaba firmada por él  y no tenía un título sino un número: 01 de 10. Eso me hizo sentir aliviado. Tenía por delante diez Musas nuevas para disfrutar.

Me conecté y esperé la maravilla. Y allí la encontré.

 

Estaba en la orilla de un inmenso río de aguas turbias, el sol sobre mí. A mi alrededor un campo de pastos verdes y árboles enormes, como los que ya no había en ningún sitio.

La necesidad de tocar el agua me hizo dirigirme al río. Por un instante dudé pero una urgencia interna me hizo sumergirme de a poco.

Cuando el agua cubrió mi pecho comencé a dejar de sentir mi cuerpo.

Ya sumergido por completo la mente seguía percibiendo el mundo  alrededor, pero el resto de mí había desaparecido. Era agua, era la corriente. Me movía sobre la arena, las piedras, sentía, en los bordes de mi cuerpo/río, la orilla.

Allí  vi otras personas que se acercaban y se sumergían al igual que yo. Para desaparecer.

Y, cuando lo hicieron, ya no estuve solo. Éramos cientos de mentes/cuerpos naufragados en el torrente, convertidos en el agua, mezclándonos de a poco unos con otros.

No sentía miedo. Escuchaba otras voces sacudiendo mi consciencia y a la vez hablaba, cantaba, era el susurro del agua moviéndose. Todos éramos uno, la corriente moviéndose a través del mundo.

Pero aunque no lo notara mi cuerpo/río había seguido avanzando, atravesando el cauce, y poco a poco mi mente se separo de todos y salió a la orilla del otro lado. Mientras me volvía uno de nuevo sentí una inmensa tristeza. Al salir, me senté en el suelo junto al agua, a llorar sin consuelo.

Mientras, otras personas salían del agua, al igual que yo, y sintiéndose abandonadas, se sentaban junto a mí. Éramos cientos, todos heridos y solitarios.

Pero entonces alguien comenzó a hablar y sentí que lo conocía. Había escuchado su voz, lo había escuchado cantar, había sido parte de la corriente del río junto a mí. Todos sentimos lo mismo, nos miramos, nos pusimos de pie y comenzamos a hablar como viejos amigos. Reímos, lloramos, nos contamos nuestros secretos.

Junto al río, como hermanos, que ya no iban a sentirse solos.

 

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