Bandera roja (17)

 

El encierro no es bueno. Cualquiera que haya estado preso lo sabe. Después de una semana en la casa segura de barrio Pueyrredón desconfiaba de todos. Además, por decisiones estratégica de la Alianza, yo era el único que no tenía autorización para salir. Me decían que no era prudente, que seguramente mi último paso por la Cinemateca habría provocado alguna investigación administrativa. Mientras tanto, Nora iba y venía con armas “incautadas” a la Fuerza Aérea y Sanzio pasaba un par de horas por día para conversar. Evitaba cuidadosamente darme pistas sobre donde estaban Tanaka y Johnson.

La doctora Hernandez, en cambio, estuvo tres días en la casa hasta que la trasladaron. El primero, callada como durante el viaje, y los dos siguientes habló sin parar sobre experimentos aberrantes y sesiones de tortura. Nunca llegué a entender los detalles técnicos pero me pareció que lo que hacía en el laboratorio era buscar como hacer compatibles las células madre de humanos y vampiros. Cuando la doctora se fué, la única compañía que quedó fue una pila de revistas Mecánica Popular de antes de la revolución y dos custodios a los que el resto llamaba “los enanos malditos”.

Pablo y Esteban, así se llamaban, compensaban la baja estatura con la velocidad para el retruque y el sarcasmo. El primero era hijo de un revolucionario disidente, caído en las primeras purgas. El segundo venía de la vieja burguesía conservadora, un “lomo gris”. Podían pasar horas discutiendo. Cualquier tema era bueno, desde el argumento de Descartes hasta si se podía coger y pensar al mismo tiempo.

Aprovechando uno de esos momentos de gimnasia dialéctica intenté salir de la casa, pero la puerta estaba con llave.

—¿Adonde cree qué va? —preguntó Esteban— Todavía no es el momento. No sea ansioso, su destino va a llegar. Temprano o tarde va a llegar.

—¿Qué destino? —dijo Pablo— El hombre es el que forja el destino con su hacer. ¿Acaso va a proponer que este señor tiene un “telos”, un fin último más allá del nudo de determinaciones socioeconómicas que le dio origen?

—Claro, acá llegó el hijo del jesuita y la marxista a meter latinazgos. Y no me subestime traduciendo que todos en mi familia fueron alumnos del glorioso Monserrat, y leímos cuanta epopeya antigua se le ocurra, tanto griegas como latinas.

—Que me viene a echar en cara  su sapiencia. Todos sabemos que no leyó nada más allá de la Eneida en la versión de la colección Billiken, ni pasó del prólogo de la Contribución a la crítica de la economía política.

La discusión empezó a subir de tono. Cansado, harto, aburrido, decidí dejar el plan de escape para otro momento. Pasé el resto de la semana leyendo artículos como “Haga usted mismo el tune-up de su automóvil” o “Cómo desincrustar las tuberías de su lavadora industrial”.

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