La marea de bronce (16)

El templo de los pampayruna

 

Villac Umu, sumo sacerdote del Sol y oficiante de la panka imperial, caminaba despacio hacia la entrada del Templo de Uri de los sacerdotes pampayrunas, seguido por su guardia personal de legionarios del Sol.  Los mejores soldados del imperio formaban un pasillo humano en torno al viejo y se limitaban sólo a alejar a los curiosos que querían ver de cerca al Sumo Sacerdote. No había peligro real. Las calles de Cuscasaman, capital del glorioso imperio sapaninti no habían visto pies invasores posarse en sus calles de piedra, desde hacía más de cien ciclos de sol. Tampoco había enemigos políticos con tal fuerza como para atentar contra Villac Umu. Ese pequeño anciano tenía en sus manos más poder que el mismo Sapan, el emperador. Las lenguas de los bebederos de chicsa, la bebida alcohólica de la nobleza sapaninti, mencionaban, siempre en voz baja, que el viejo Villac Umu tenía a Manto Capan, el emperador en persona, comiendo de su mano como si de un animal enfermizo se tratara. El viejo conocía bien esas habladurías. No había esquina, ni habitación de Cuscasaman que no tuviera un a un hombre de Villac Umu atento a las todas las conversaciones que se pudieran escuchar. La red de “orejas” actuaba sobretodo en la panka, el harem personal del emperador, los bebederos y en los templos frecuentados por la nobleza y los altos mandos militares. Algunos generales le decían Villac Umu, “la oreja del imperio” y el mote no era para nada una exageración.

El viejo llego a la entrada del templo y ordenó a su guardia que lo aguardara allí. Apenas cruzó el pórtico, doce hermosos jóvenes salieron a su encuentro y regaron su camino con pétalos de flores. Villac Umu les dedicó una sonrisa más bien parecida a una mueca terrorífica que hizo a los jóvenes volver la vista al piso para no ver el rostro del viejo.

—¿Dónde está Apurimac?  —preguntó el sumo sacerdote sin dirigirse a nadie en particular.

—Apurimac yace con el general Manac Huasi, Sumo Sacerdote. —respondió uno de los jóvenes sin mirar al viejo.

—Esa víbora  de Manac Huasi vive entre los bebederos y la habitación de

Apurimac. Sus hombres en el Tanko de Parakas han tenido que hacer una estatua de barro para recordarlo. —dijo el viejo deteniéndose. —Tú, Soiue. —dijo dirigiéndose al joven que encabezaba el cotejo que lo seguía.  —Ve a buscar a Apurimac, que me encuentre en la Capilla de la Luz, no tengo deseos de hablar con Manac Huasi, tendré que verlo en el consejo de guerra de todos modos. —agregó Villac Umu.

Soiue asintió con la cabeza y se dirigió a las habitaciones del templo. Encontró a Manac Huasi dormido en el lecho mientras dos esclavas mitani peinaban el largo cabello de Apurimac con cepillos de erizos de mar. Soiue le contó rápidamente a Apurimac que Villac Umu lo esperaba en la Capilla de la Luz y le recomendó que se apresurase a ver al viejo sacerdote.

Apurimac llegó a la Capilla corriendo y encontró a Villac Umu sentado en la silla sacerdotal. Hizo una reverencia y se acercó al viejo. Jamás se había sentido cómodo en presencia del Sumo Sacerdote. El anciano nunca había requerido sus cuidados como lo hacían la mayoría de los nobles y generales del imperio. Cada vez que Villac Umu llamaba un pampayruna, este volvía a su habitación sollozando. El Sumo Sacerdote los trataba como comunes putas y constantemente observaba y criticaba la poca predisposición de la mayoría a los ritos del templo. —Débiles criaturas, no hacen más que retozar en los brazos de otro hombre. —repetía Villac Umu cuando se le preguntaba por los pampayrunas.

—Solicito del Sol. —dijo Apurimac haciendo una reverencia bien marcada frente al viejo sacerdote.

—Puedes guardarte tus lisonjas Apurimac. No tienes que esconder tu desprecio. Sé que me temes y piensas en mí como una piedra tajándote el pie en las sandalias.

—Exageras señor, son mis hermanos del templo los que te temen. ¿Que puedo temer si estoy pleno de amor y suaves telas me visten desde que soy niño?

—No pasará mucho hasta que tengas que ver el mundo, su crueldad y su barro. Estoy aquí justamente para eso. Viajaras con el  príncipe Vira Vira a la ciudad de Zampam en el Río Mar. La guerra viene y necesito un buen oído cerca del príncipe. ¿puedes hacer eso por el imperio carita de niña?

—Sí, Sumo Sacerdote. Los preferidos del sol estamos a tu servicio. —dijo Apurimac sin mirar a Villac Umu.

—No te preocupes Apurimac, Manac Huasi liderará el ejército, y tomará el mando del general Rumanic. —dijo el Viejo y se puso de pie. —Ahora ve, voy a quedarme aquí a recibir al rayo de la tarde. Han descuidado los ritos, Apurimac y podría castigarlos por eso. Pero la mitad de los generales se quedarían sin sus perfumados acompañantes y eso me traería más problemas que celebrar el rito a mí, al menos una vez cada tanto.

—Nos hemos encargado de eso Solicito del Sol. Hace varios soles que el rito se cumple en tiempo y dedicación.

—Lo sé, lo sé. No te olvides que todo depende de mí.

—Si, Sumo Sacerdote.  —dijo Apurimac haciendo una reverencia para marcharse.

—Llama a Soiue. Voy a dejarlo a cargo del templo. Es el más abocado a los ritos y el menos atado a los nobles penes que dormitan día y noche en los aposentos del templo.

Apurimac salió de la Capilla y atravesó despacio los patios abiertos del templo mientras pensaba en lo que acababa de pasar. El viejo Villac Umu no tenía necesidad de una oreja al lado del príncipe. El general Rumanic había perdido un hijo, Athau, que se había vuelto loco de amor por Apurimac, suicidándose en el Lago del Sol cuando éste no quiso dejar el templo para irse con  él. Rumania, imposibilitado de matar a un pampayruna como Apurimac esperaba paciente un momento donde echarle mano y acabar con él. Allá lejos, en Zampam, estaría lleno de esos momentos. El viejo Villac Umu respetaba a Rumanic como a pocos y Apurimac estaba seguro que esa orden no consistía más que ponerlo en manos del general. Tenía que pensar bien como sortear ese escollo. Tal vez, ser el confidente del príncipe lo pusiera en un estadio tan alto que ni siquiera el viejo sumo sacerdote pudiera alcanzar, pero como decían todos los grandes hombres que pasaban por su lecho, Villac Umu es el primero antes del primero. El emperador sin corona. ¿Sería tan así? Ese era el dilema a resolver. Mientras tanto, tenía que mantener la cabeza sobre su hermoso y refinado cuello.

 

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