Perpetua en Eribea (16)

El teatro es una construcción muy antigua, con un frente extraño: dos grandes círculos pegados el uno junto al otro, como si la fachada del edificio fuera un enorme par de binoculares. En cada círculo hay una entrada. Las entradas y los círculos tienen unos ornamentos barrocos y descoloridos en todo su perímetro, como hojas de algún árbol muy grande. Entre los dos círculos hay una columna alta, que los une y los separa a la vez, adornada con un relieve descascarado: un rostro de mujer y, debajo, una lira.

La zona que rodea al teatro no está completamente despejada, pero en comparación con todo lo demás parece limpia. Hay guardias en ambas entradas. Tienen facas y lanzas largas, hechas con hallazgos filosos y oxidados. El Pampeano le dice al Ciclón que espere a cierta distancia. Habla con los guardias un buen rato, señalando y mirando mucho en su dirección, y después vuelve a buscarlo. Antes de entrar en la penumbra, el Ciclón alcanza a leer, justo sobre la puerta: Teatro G. Urquiza. No encuentra dentro de sí ninguna información sobre el último término.

La sala ha sido vaciada de butacas y convertida en una gran vivienda comunitaria. Hay un centenar de personas atareadas en la penumbra. El Pampeano hace una fila ante una mujer alta, de rasgos afilados y ademanes llenos de carácter. Parece más limpia que el resto. Inspecciona el contenido de las bolsas que todos los que vuelven traen al hombro.

A cada uno le da instrucciones distintas, según qué cosas traigan. Llevá eso a los calderos y hervilo bien, le dice a uno, que sale hacia el fondo con una enorme bola de telas rotosas y mugrientas. A otro: esas dos medio oxidadas capaz que sirvan para arar la huerta. La más chica mejor con las armas, que la afilen y le busquen un cabo largo, después vemos para quién queda. A otro: No, esto ya no se puede comer, miralo por dentro, ¿no te das cuenta? Latas abolladas tampoco, ¿cuántas veces…? Carajo. Volvete por donde viniste y tirá todo eso bien lejos. Ah, eso puede ser, llevalo a la despensa y preguntale a la Gorda dónde guardarlo.

A su turno, el Pampeano abre la bolsa. Saca pedazos de madera.

Separá todo lo duro y plano de lo muy roto, débil o seco. Lo primero al depósito y lo segundo a la leñera.

También me lo traje a éste, Doctora.

La mujer mira al Ciclón de arriba abajo.

A ver: sacate el plástico ese y da una vuelta entera.

El Ciclón obedece.

Pareces sano, dice la Doctora. Demasiado sano… Vestite nomás. Después si el Profeta te acepta, te voy a revisar mejor. ¿Qué te pasó en las orejas?

Así nací, dice el Ciclón.

Quiere ir arriba, dice el Pampeano.

No es el primero, dice la Doctora. Dale, Pampa, deja paso que hay más gente.

¿El Profeta da audiencias hoy?, pregunta el Pampeano sin moverse.

No, aunque igual y te recibe después de la prédica. Seguro va a querer saber por qué trajiste a uno nuevo cuando sabés que ya no hay lugar para nadie de afuera.

No me voy a quedar mucho, dice el Ciclón. Tengo que ir arriba.

La Doctora lo observa un buen rato en silencio, como si estuviera en trance. Un creciente gesto de extrañeza le va nublando el rostro.

Te veo cara… pero no, no puede ser.

Maté a dos, secretea el Pampeano sin prestar atención. Mira el piso como con vergüenza.

¿Quiénes?, pregunta la Doctora.

Un carnicero y el hijo, creo.

Hablalo con el Profeta y que te aliviane él, dice la Doctora. Yo me encargo de la carne y de los vivos. Mientras, si te toca baño, andá de una vez, y si no ponete a hacer algo útil hasta la hora de la prédica.

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