Bandera roja (16)

Correr, apuntar, disparar, correr, matar. No hace falta abundar en descripciones. El fuego había tomado la mitad del castillo cuando dejamos de escuchar los gritos de Abramovic. Mientras Johnson acomodaba los papeles que habíamos conseguido, Sanzio trataba de sacar a la doctora Hernandez del estado de shock. Yo, con algunas dificultades, arrancaba el Dacia. Me llevó unos cinco minutos. Los rumanos nunca fueron muy buenos fabricando autos.

Después de manejar dos kilómetros, escuchamos por primera vez la voz de la doctora:

—Se lo tiene bien merecido la yegua. — y volvió a callar.

Ninguno se animó a hacerle preguntas. Las marcas que tenía en los brazos y en el cuello eran suficiente información sobre el trato que había recibido. Recién a la altura de Huerta Grande volvió a hablar:

—No vi el cadáver. Tengo que estar segura. Volvamos.

—Ni se le ocurra, —dijo Sanzio— No podemos derrochar nafta ni tiempo. Además, ¿se le ocurre que algún ser humano podría haber salido vivo de ese incendio? Si no la mató  el frasco de ácido que usted le tiró antes.

—Un humano no.

Tuve la mala idea de interrumpirla

—¿Usted sugiere que Abramovic…?

—Yo no sugiero. Soy científica. Hablo de cosas observables. Además, ninguno de ustedes sabe las cosas que se hacían en ese laboratorio.

Johnson me hizo señas de que mantenga la boca cerrada. Durante dos horas lo único que escuchamos fue el ruido del motor del auto y el murmullo de la voz de Johnson leyendo en arameo.

A la altura de Villa Carlos Paz paramos en el Puente  Negro. Nora nos estaba esperando con el Unimog. Nos comunicó las órdenes que traía: Sanzio tenía que llevar el Dacia a Córdoba, y el resto debía subir al camión con ella. En la caja del Unimog, Johnson empezó a comentar el contenido de los documentos:

—Es complicado. Faltan partes, y lo que está es demasiado ambiguo. No podría decir si Lyndstrom está con el Congreso o está en contra. Tenemos la fecha y el punto de encuentro, pero todo lo que se consigue demasiado fácil es sospechoso.

—¿Demasiado fácil? ¿Esto te parece el costo de algo “demasiado fácil”? —le dije a Johnson mientras le señalaba la cadena de moretones que me cruzaba la cara.

—Estás vivo y entero. Y además podés hablar. Si no tenés nada importante que decir cerrá la boca.

Nunca lo había escuchado contestar así. En realidad sabía poco de él. Después de todo fue su invitación a Gath y Chavez la que me había metido en todo este asunto. Si no hubiera aceptado, todavía estaría en la Cinemateca admirando los pechos de Roberta, pero aguantando su maltrato revolucionario. La voz de la doctora Hernandez me sacó del ensimismamiento:

—Se lo merecía la yegua, si es que está muerta.

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