Musa (16)

“Estuve un año sin conectarme” dijo El Artífice con un dejo de tristeza.

“Por supuesto que lo extrañé y los primeros tiempos fueron muy duros. Pero una vez que superé la adicción a la droga me sentí mejor. Más me costó, como a vos, animarme a salir al mundo exterior. Muchísimas veces bajé hasta el vestíbulo de mi departamento para salir a la calle y regresé atemorizado al confort de mi casa. Al final, lo logré. Como dijiste, un salto de fe. La necesidad y la curiosidad venciendo al miedo. Una mañana, plomiza y húmeda como todas las mañanas en nuestra ciudad, abrí la puerta del edificio y salí a pie a la ciudad como nunca lo había hecho. Ni siquiera cuando no tenía RCEC a las que conectarme. Caminé bajo el rocío contaminado por una calle vacía, mientras sobre mí se movían vehículos que ocultaban rostros y en los edificios que crecían hacia el cielo todos huían hacia otros mundos. Busqué algo allí, no sabía qué. Estaba seguro de que no era una revelación ni una vida mejor. Solamente necesitaba entender y creer que la vida que llevaba hasta el momento era la que necesitaba.

Entre las nubes de smog el sol intentaba iluminar la ciudad. Recorrí las calles y no encontré mucho. Algunas personas revolviendo basura, perros flacos que se acercaban moviendo la cola y gatos huraños mirándome desde los postes de luz. No había ya árboles, ni gente yendo a trabajar. Como sabés, el horario en que más gente se conecta es el amanecer. Muchos trabajan de noche, muchos no hacen nada. Seguí por las calles, como lo hiciste en esta Musa, y llegué al puente donde llegaste.

Me quedé allí de pie, mirando eso que antes era un río y que ahora parece un gusano arrastrándose lentamente. Me quedé esperando algo, no sé qué, alguna señal de que hacer. Y entonces apareció él. Debe haber tenido unos diez años. Hacía años que no veía a un niño, era tan raro para mí como si hubiera aparecido un elefante.

Se me acercó caminando desde el otro lado del puente arrastrando una pesada bolsa negra de nylon. Se paró frente a mí en silencio. Nos observamos sin saber bien qué hacer. Estaba sonriendo y eso me ponía nervioso. Se me aproximó aún más y entonces me golpeó de lleno con la bolsa. Me dio directo en la cabeza. Me desmayé.

Desperté y dos chicos, un poco más grande que el primero, me arrastraban por la orilla del río. El que me había golpeado se reía en voz alta y me señalaba.

Me zafé de sus manos y me puse de pie. Los tres salieron corriendo y los seguí. Llegué a un lugar muy parecido a éste y encontré a los que me atacaron y a cientos de ellos más.”

EL Artífice se puso de pie y sonrió. Caminó por la habitación.

“Uno tiene la tendencia, cuando cuenta una historia, de que algo extraordinario, revelador, sea dicho por sus personajes. Quizás en una RCEC común sería así, quizás es lo que estás esperando, pero, bueno, ni en esta Musa en que estamos ahora ni en lo que me pasó en la realidad, eso sucedió.

No les dije nada, no me enojé con ellos por lo que me habían hecho. Ese día charlamos, nos reímos. Y comencé a reunirme con ellos diariamente. Trabajaba en mis proyectos de noche, de día venía a verlos. Los padres estaban todos conectados y los niños jugaban solos por todo el lugar. Sentí la necesidad de ser uno más, de estar con ellos.

Y ellos se volvieron mis amigos. Me aceptaron. Hicieron que dejara de estar solo”.

 

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