La marea de bronce (15)

Una silueta en la maleza

 

Irtza notó que Gumbur sufría el calor mientras más se adentraba en el sur. Los terrenos desérticos apenas cortados por valles y mesetas más frescas daban paso a los terrenos selváticos salpicados aquí y allá por tierras desbrozadas y puestas en producción de maíz y cocoa. Los campesinos que veían pasar al viejo hacían reverencias prolongadas, atemorizados quizás por el gigantesco alce en el que montaba el maitreya. Irtza había decidido esquivar Tenochta, la capital del gran imperio tenochta, asentada en el Lago Nopal, y visitar primero a Cielo de Jade, gran sacerdote de la ciudad nahua de Kalen Kalen.

Cielo de Jade era el uno de los pocos hombres que hablaba el sanscra, antigua lengua de la tierra, que sólo recordaban y hablaban los shatszas, como lengua ritual y secreta. Hablar sanscra era, ser un iniciado en los misterios ulteriores del Monte Shatsza y el paso previo a conseguir el ingreso al círculo de los sabios. Cielo de Jade había hecho construir un templo observatorio en el centro de Kalen Kalen y pasaba casi todo su tiempo allí, ajustando el mejor de los calendarios que pudieran encontrarse en toda la tierra, calendario del que era autor. Seguramente, Cielo de Jade ya estaría en situación sobre la Marea de Bronce, y sabría muy bien que Irtza aparecería frente al templo mayor de Kalen Kalen, para informar al gran rey Palan que la guerra se avecinaba. Sabía Irtza, además, que Palan no era un rey más, sólo el podría llevar a todos los reyes nahuas bajo los estandartes de jade, sólo Palan era tan poderoso como para obligar a los reyes de las distintas ciudades nahuas a poner sus armas a disposición de la guerra. Eso, sin contar el “juguete” que Cielo de Jade y algunos sacerdotes habían construido para el gran Palan: La máquina del fuego celeste.

Irtza se detuvo en un claro de la selva antes de que la misma se volviera demasiado espesa y Gumbur tuviera problemas en seguir. Se bajó de Gumbur y mientras inspeccionaba el claro vio como el gran alce resoplaba y levantaba la cabeza buscando el sol. El viejo sonrió compadeciéndose de su bestia y clavó su báculo blanco en la tierra. Cerró los ojos y murmuro una plegaria con ambas manos al costado del báculo que empezaba a temblar, como si la tierra donde estaba clavado sufriera un terremoto en pequeña escala. Irtza abrió los ojos, retiró su bastón blanco y un chorro de agua fría saltó hacia el aire como si se tratará de un geiser. Gumbur se acercó pesadamente y después de beber, atravesó el chorro bañándose en agua fría.

 

El viejo maitreya miró un momento como el alce se refrescaba hasta que una sombra en la maleza lo puso alerta. Irtza se posicionó en medio del claro y volvió a montar en Gumbur. El alce bajo un poco la cabeza y esperó en silencio mientras Irtza susurraba una y otra vez un mantra de guerra. Un tapir salió veloz frente a ellos y una lanza cayó a su lado haciéndolo cambiar de dirección. Tres hombres aparecieron poco después en el claro persiguiendo al animal. Dos de ellos se resbalaron al ver a Gumbur, asombrados más que temerosos. El tercero, un hombre alto y musculoso se paró a unos metros de la bestia y levantó su mirada buscando a Irtza.

—Un hombre santo montado en una bestia con cuernos. —dijo señalando a Irtza. —Cielo de Jade tenía razón. Tú debes ser Irtza, el peregrino. La boca que trae la guerra.

—Así es, majestad. —dijo Irtza.

El hombre levantó su lanza y la clavó en el suelo. Lanzó una carcajada y empezó a danzar alrededor. Sus hombres lo miraban extrañados. Al cabo de un largo rato de bailes y carcajadas, se detuvo y miró a los otros dos.

—Vamos hermanos, ha llegado la hora que esperamos desde niños. Abramos la puerta del Templo de Mihuicxchi, la gran guerra ha llegado.

Los otros dos sonrieron y empezaron a bailar como antes lo había hecho su rey. Felices de marchar a la guerra.

Irtza, olvidado por esos hombres sedientos de guerra, miró un momento el suelo y se sumió en la tristeza. Esa era la reacción que les aseguraba el triunfo. Esa era la noche de las almas, la sed de sangre que les iba a permitir sobrevivir. El sueño de muerte y destrucción necesario para la guerra ya se había esparcido entre los hombres de bronce. Irtza elevó un rezo silencioso y lo repitió mientras Gumbur seguía al Rey Palan y sus hombres hacia Kalen Kalen.

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