Perpetua en Eribea (15)

Clement vuelve a mirar el espejo del fondo —donde la espalda y la cola de la chica sí se reflejan— y adivina la forma que adoptará esta vez el castigo por su eventual silencio. Decide reducir el intercambio para que el epitafio dure lo mínimo e indispensable. Está a punto de decir que lo siente y que acepta todos los cargos, pero en eso nota que el logotipo bordado en las toallas ha desaparecido. Además, las toallas, que hasta hace un minuto eran sedosas y blancas, ahora son rojas, como si hubieran sido embebidas en sangre.

Quiero decirle que lo siento mucho. De verdad.

Y sobre su responcipación en la hecatómtrofe que nos liquimatidó a mí y a mi famihermanoviamigos, mi profesora de danza y a otras ciento cuarenta millones de personas en ambas márgenes del Río de la Plata, ¿qué ttttiene para ddddecir, señor Clmnt</question>

Daniel Clement pensaba acelerar la salida de su tormento diario, dar esa respuesta que depuró y aisló luego de incontables ejercicios de ensayo y error, de extenuantes diálogos con aquella máquina incapaz de pasar el Test de Turing. Pero las fallas que Clement acaba de presenciar son diferentes a todo lo que conoce. No son meros titubeos del entorno, sino fallas en la funciones léxicas y dialógicas, el corazón del .epi: hasta ahora jamás se habían producido, al menos no tan burdamente. Quizás haya llegado la hora de un desgaste del hardware, o algún error lógico en el software que lo libere de las obligaciones del presidio. Ahora Clement quiere ganar tiempo, obligar a la máquina a entrar en un bucle, hacerla que ahonde en su propia falla. Quizás —por fin— paralizar el sistema.

En realidad tengo muchas cosas para decirte, Leonora. ¿Qué es lo que te interesa saber, concretamente?

Señor Clement, por favor no evad-evad-evad… empieza a decir ella, pero de inmediato queda congelada. Su cuerpo parpadea, su piel alterna varios colores a gran velocidad, las sombras y desenfoques que la volvían deseable la convierten en una figura plana que cada tanto vuelve por un segundo a las tres dimensiones.

Más cerca de Clement, otro movimiento capta su atención. Son las toallas abandonadas en el borde de la cama. Ahora son negras y tienen un logotipo blanco, desconocido: un brazo tenso y nervudo con su puño en alto, agitando una cadena de eslabones gruesos. Cuando Clement vuelve a levantar la vista, la chica se ha convertido en un contorno de alambre de color naranja fosforescente. Es una jaula vacía, una cesta hecha de mimbre incandescente con forma de mujer, que ahora comienza a mutar: las piernas engordan, se hacen más cortas, el cuello se ensancha, la nariz se hace bovina, los senos se aplastan, el tórax se expande.

Los espacios de la rejilla se van completando, celda tras celda. El render se acelera, la cascada de datos va puliendo los detalles: cejas espesas, papada generosa, una barba en forma de candado. Es un hombre joven, algo gordo, con pelo largo y negro, atado en una coleta. Lleva un pantalón corto y rojo, unas pantuflas magenta, peludas y ridículas, una remera negra que no alcanza a cubrirle el ombligo y que en el pecho muestra el mismo logo de las toallas.

Con tanta sorpresa como Clement, el gordo mira alrededor, explorando la habitación con la vista. Gira para admirar el reflejo de la chica (todavía de espaldas en el espejo). Y luego, como si se dirigiese a alguien que lo escucha por sobre su hombro, susurra: creo que estoy adentro.

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