Bandera roja (15)

El cuerpo de Roberta se sentía firme. Olía bien cuando jugaba con el lóbulo de la orejas, mientras le pasaba el mentón con la barba crecida por el cuello. Ella, a veces dejaba escapar una risa ahogada.

Una cachetada en la cara me hizo volver al castillo. El doctor Julius me había atado a una silla. Deduje que llevaba un par de horas inconsciente por el brillo anaranjado del sol a través de la ventana. Me dolían las muñecas y los tobillos. Además me zumbaban los oídos. El doctor Julius conservaba una gran habilidad para hacer daño, sobre todo considerando que debía tener más de sesenta años. Le gustaba poner su cara cerca de la de su víctima antes de golpear.

Cuando se dio cuenta de que estaba despertando, buscó un vaso y lo llenó con agua. Mientras caminaba hacia mi, me habló con tono paternal:

—Me imagino que el señor tendrá sed…. — y me tiró el agua en la cara. Inmediatamente me tomo la cabeza por la nuca y me gritó:

—¿Por qué traes odio? ¿No entendés que somos el amor, el hombre nuevo? ¿Por qué se niegan a aceptar el humanismo del Líder?

El hombre tenía mal aliento, pero la trompada con la que me cruzó la cara me hizo olvidar ese detalle. Dio un paso atrás y aproveché para controlar con la punta de la lengua que todavía tenía todos los dientes en su lugar. Los oídos me zumbaban aún más y empecé a sentir en el labio el calor de la sangre que me salía de la nariz. No sentía el dolor (todavía) pero tenía la cara caliente y por la dificultad que tenía para hacer gestos, suponía que debía estar hinchada. Mientras tanto, el doctor seguía gritando como un enajenado:

—El Líder trajo de la sierra el amor del hombre nuevo. El amor imperecedero de la alegría revolucionaria, la felicidad de saber que moriremos con una sonrisa en los labios, en el campo de batalla; porque aún muertos venceremos a la muerte. Porque de nuestra sangre brotará la flor de la revolución en la alborada del hombre nuevo.

El viejo pasaba del tono de discurso de barricada al grito, y marcaba el ritmo con pies contra el piso. Mientras decía las últimas palabras, había agarrado una barra de metal y la golpeaba contra los muebles. De pronto se quedó rígido, levantó la barra por arriba de la cabeza y me miró fijo.

—¿Entendés que estamos haciendo un mundo nuevo?

No esperó a que le contestara. Dio un paso atrás para tomar impulso y empezó a correr hacia mí para partirme la cabeza. A menos de un metro lo frenó el ruido del portazo. Sanzio había entrado a las patadas y los gritos.

—¡Acá te traigo amor, loco de mierda…! —y le metió un tiro en la frente. El viejo cayó al piso como un muñeco y la cabeza me golpeó los pies.

Sanzio parecía de un humor excelente. Mientras me desataba las muñecas aprovechaba para reconvenirme.

—Pero mirá si serás pelotudo. Dejarse agarrar por este viejo. Llevamos tres horas buscándote. Johnson ya tiene el laboratorio ubicado. Sacamos de circulación a Abramovic y liquidamos el asunto.

—Pero falta encontrar a Lyndstrom y los documentos del Congreso, —contesté.

—Cierto, pero de a una cosa por vez. Y tené cuidado cuando te levantes de la silla porque la masa encefálica es resbalosa.

Miré el piso. Tenía los pies metidos en un charco donde se mezclaba la sangre con una masa grasosa. Me paré tratando de no patinar. Me dolían las rodillas. Fui caminando lentamente hasta alcanzar a Sanzio.

—Mierda que le vas a gustar a las mujeres con la cara que traés. —me dijo.

Miré mi reflejo en el vidrio de la ventana, tenía una mitad de la cara amoratada desde la oreja hasta la mandíbula. Definitivamente no era ningún galán. Sin embargo, en ese momento lo que me daba vueltas en la cabeza era el desconcierto de haber soñado con Roberta.

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