La marea de bronce (14)

Pies blancos en la Bahía del Castor

Segunda parte

 

Los arqueros elohim tomaron posición en la parte alta de la entrada a la playa y comenzaron a disparan a la retaguardia de los pelirrojos. Algunos se encargaban de encender flechas para alcanzar los barcos, y los otros de mantener a raya a los hombres que querían flanquear las líneas.

Uno de los pelirrojos lanzó un grito estremecedor y se lanzo sobre Emir, alcanzándolo con un hachazo en el brazo derecho. El general elohim soltó la lanza y cayó de rodillas, sólo la rápida intervención de los lanceros para defender a su general lo salvaron de caer allí bajo el hacha del pelirrojo. Dos soldados llevaron a Emir a la retaguardia pero el general se negó, quedándose en la tercera línea de lanceros. La arena húmeda de sangre parecía enrojecerse y querer tapar los cuerpos de los caídos como si fueran un ser vivo con hambre de hombres.

Los pelirrojos, manteniendo la presión sobre los lanceros, intentaron destinar algunos hombres sobre la izquierda de la línea elohim, que parecía a punto de quebrarse. Era justamente donde más bajas había a juzgar por los cuerpos de túnica blanca y armadura de plata tendidos en la arena. Emir percibió el cambio del ataque pero no podía desguarecer ninguna línea por lo que se dirigió él mismo con la espada en la mano menos hábil, hacia la izquierda de sus hombres. A pesar de haber causado varias bajas, los pelirrojos seguían siendo muchos más. Emir pensaba una solución mientras se mantenía apretada la herida. Pensaba en ordenar una retirada cuando vio al capitán Abin  lanzarse, montado en el Carnero negro, contra los hombres que amenazaban el flanco izquierdo. El capitán iba acompañado de, al menos, treinta mohaws que saltaron blandiendo sus excelentes hachas sobre los pelirrojos, sorprendidos por el ataque.

La imagen del Carnero Negro atacando descolocó a los pelirrojos. Emir pudo ver por primera vez en esos rostros blancos, de barbas rojas y del color trigo, la sorpresa y el temor. Era el momento. Emir ordenó el ataque y la retaguardia se lanzó sobre la línea de pelirrojos, con furia. Algunos de ellos corrieron hacia los barcos intentando retroceder en orden, pero los alcanzaron las lanzas arrojadizas y las flechas elohim. Al final del combate, una decena de pelirrojos formó un círculo que fue rodeado completamente por los elohim y los mohaws. Emir esperó y recorrió el círculo mirando a cada uno de los pelirrojos extenuados por el combate pero que no parecían dispuestos a rendirse.

—No es necesario que mueran aquí, tiren sus armas.—dijo sabiendo que ninguno de los pelirrojos lo entendería. —Maldición. —agregó.

—Yo conozco su lengua. —dijo alguien en mohaw.

—¿Quién eres? —preguntó Emir en esa lengua.

—Tokan de Tolomec, general. —respondió el guerrero adelantándose hacia

—Me encantaría conocer la historia de por qué hablas la lengua de los pelirrojos, pero después, compartiendo una pata de ciervo bien asada me la contarás, Tokan de Tolomec.

—Sí, general. —dijo el guerrero mohaw.

—Diles que no es necesario que mueran. No hay salida.

—Dudo que quieran rendirse, general, ellos creen que un hombre que muere en combate viaja a un palacio conducido por hermosas mujeres a disfrutar un banquete con los dioses. —dijo Tokan.

—No está nada mal. —dijo Emir. —No es muy distinto a la tierra cálida donde los elohim van después de muertos. Allí es donde conocen mujer y beben las libaciones de los dioses.

—¡Alamú!, ¡Alamú! —gritaron al unísono los elohim, nombrando el jardín donde descansarían después de esta vida.

El grito puso en defensa a los pelirrojos que creyendo que iban a ser masacrados, se lanzaron sin más contra los hombres que los rodeaban. Emir dio un paso atrás justo para ver cómo dos lanzas blancas, coloreadas con sangre, se hundían en el pecho de un pelirrojo. Tokan, esquivó el hachazo que un pelirrojo le lanzó de costado y en un rápido movimiento le hundió su hacha en el cuello.

—¡No los maten a todos! —gritó Emir.

—¡Mugar da morgar! —gritó Tokan haciendo detener a los seis pelirrojos que aún estaban de pie. Lo miraron con extrañeza. ¿Cómo ese hombre moreno, con un cuerpo trabajado y musculoso pero mucho más pequeño que ellos les había hablado en su lengua?

—Nan igga surrand. —dijo uno de los pelirrojos y después lo repitieron todos ellos. —¡Nan igga surrand!

—No se rendirán. —dijo Tolkan mirando a Emir.

El general elohim, avanzó hasta estar frente a frente con el pelirrojo que había hablado primero. Tres lanzas se acercaron al cuello del corpulento hombre que miraba al general con decisión y furia.  Emir levantó su mano ensangrentada y tomó el hacha del pelirrojo. Forcejearon y los otros cinco se pusieron al lado de su compatriota. Dos cayeron tomándose el cuello abierto por sendos lanzazos.  Emir levantó su mano con tres dedos en alto y la puso frente al pelirrojo.

—Solo tres quedan, de más de ochenta. Es suficiente. —dijo.

—Triga, triga enof. —repitió Tokan.

El pelirrojo arrojó su hacha a los pies de Emir, sin dejar de mirarlo. Los otros dos, repitieron la acción y se sacaron los yelmos.

—Bien. —dijo Emir. —No los aten, vigílenlos. Vamos a Tolomec. Abin, Tokan, conmigo. —agregó y se dirigió hacia la Casa de Piedra.

Cuando llegó a la cima del promontorio, observó la playa dónde había sido el combate. Vio los hombres muertos, las lanzas clavadas en la arena, la sangre todavía roja como palpitando sobre las heridas, los barcos de los pelirrojos con algunas llamas que desprendían un humo negro y más allá a sus hombres, y a los mohaws. Pensó en Jonté y en lo que le había dicho. La amaba, sí, pero aquí estaba al fin para lo que se había preparado desde que era niño. Era un hombre hecho de, por y para la guerra.

 


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