Bandera roja (14)

El hermano Marcelo había sido previsor y me había dejado preparada la ropa y la traducción de los papeles. Salí de la estancia lo más rápido que pude. Nadie me había seguido, y no había ruido de sirenas o alarmas, pero si permanecía en Alta Gracia ponía en peligro al religioso.

Tenía por delante el camino a La Cumbre, que no iba a ser fácil. Desde que el turismo había sido declarado “deformación burguesa contrarrevolucionaria”, los caminos de las sierras habían dejado de recibir mantenimiento.

Cerca de la media mañana había llegado. Según las instrucciones que me habían dejado en el auto, el grupo de apoyo iba a encontrarme en la estación del ferrocarril. El tren de las sierras estaba ruinoso pero mantenía el servicio diario entre Córdoba y Cruz del Eje. A las once y media llegó una formación destartalada. Del último vagón se bajaron Johnson y Sanzio. Traían poco equipaje, pero por el esfuerzo que hacían al cargar los bultos, era evidente que traían armas. Me saludaron de forma cortés pero poco efusiva, cuidando las formas. Uno nunca sabe si lo vigilan. Recién en el auto Sanzio se relajó y me dio una palmada en la espalda.

—¡Jo! No te cansás de hacer cagadas vos. ¿En qué quilombo nos vas a meter ahora?

Les expliqué las indicaciones que tenía. Durante el resto de la mañana estuvimos diseñando el modo de entrar al castillo. Sanzio demostraba conocimientos de estrategia que nunca hubiera sospechado. Además manejaba información sobre el laboratorio que teníamos que atacar.

—Por lo que pudimos averiguar, el jefe científico es un tal Doctor Julius. Un maniático desequilibrado y muy peligroso. Sobre todo porque es un militante convencido de la “alegría de la revolución” y del “amor del líder”. Si se tratara de un burócrata, como la mayoría, sería previsible, pero con estos tipos nunca se sabe. Su asistente es la Doctora Abramovic. Esta no es loca del todo, pero se divierte torturando mujeres.

—¿De donde viene esta mujer? —pregunté.

—Dicen que es húngara —contestó Johnson.

—Húngara más torturadora de mujeres, igual Erzebet Bathory —agregó Sanzio.

Johnson se dio cuenta de que yo no sabía de quien hablaban y explicó:

—La Condesa Sangrienta. Supuestamente la emparedaron en el siglo XVI por vampirismo y tratos con el demonio. Agregale que la familia Bathory era de origen transilvano.

—¿Ustedes sugieren que la Doctora en realidad es…?

—Nosotros no sugerimos —interrumpió Sanzio—, consideramos todas las  hipótesis. Ahora a prestar atención que esto no es joda. Tenemos que entrar al castillo y no tenemos plano, ni intercomunicadores, apenas estos “nenes” —mientras hablaba sacó del bolso un AK 47S de la época de la ayuda soviética. —No ponga esa cara de desconfianza que estos fusiles pueden disparar aunque hayan estado veinte años metidos en el barro.

Repartimos las armas. Me quedé con la pistola 22 que me había dado Nora y uno de los fusiles. Sanzio iba a usar la 38 y otro fusil, y Johnson el AK 47S que quedaba. Tenía además un par de granadas, según él decía, “por si la cosa se ponía espesa”.

Finalmente emprendimos el camino al castillo. Mientras manejaba no podía dejar de pensar que éramos tres tipos jugando a la guerrilla, a punto de atacar una fortaleza construida por un traficante de armas,  donde nos esperaban un científico loco y una condesa vampira.

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