Perpetua en Eribea (13)

La tosca red cae sobre su cabeza con tanta fuerza que las rodillas se le doblan: el Ciclón se va al piso y apenas alcanza a poner las manos. Más alerta o más acostumbrado, el Pampeano pega un salto gatuno hacia atrás y esquiva la red por centímetros. No ayuda al Ciclón. Se tensa, deja su bolsa de arpillera en el piso sin dejar de mirar hacia arriba. Enseguida se acuclilla para levantar un cascote con la mano libre. Con la otra sostiene la faca, en guardia mientras busca con la mirada algún signo sobre la cornisa inestable del desfiladero. Ve una sombra móvil sobre la pared oxidada; por puro reflejo gira y le suelta un cascotazo al cuerpo que corre por el borde de enfrente. No acierta, ni siquiera le da en los pies, pero por esquivar el cascote, el chico pierde el equilibrio y cae de cabeza al fondo del desfiladero. Queda inerte justo al lado del Ciclón, que todavía no ha podido quitarse la pesada red de encima.

El chico tiene unos trece años. A lo mejor sólo esté desmayado, a lo mejor se hace. También puede haber muerto por el golpe. El Pampeano lo patea fuerte en las costillas para probarlo, sin dejar de mirar a todas partes. Le preocupa el otro: los carniceros nunca andan solos, y menos éste. No se les iba a animar un pendejito solo a ellos dos.

El chico no acusa recibo. El Pampeano deja de patearlo, no por compasión sino porque de frente, por el recodo del angosto desfiladero, a unos diez o doce pasos, aparece primero una sombra y luego el adulto que hubiera debido rematarlos si la red del chico los hubiera atrapado a los dos.

El carnicero es barbudo como el Pampeano, pero de tez pálida y mucho más alto y musculoso. Viene vestido con un delantal que alguna vez fue blanco. Un hacha de hoja rectangular brilla de grasa sobre su puño derecho.

Me lo mataste al chico, yerbero conchudo.

Como respuesta el Pampeano sólo ofrece un fulgor distinto en los ojos que se le entornan. Con un solo tirón del brazo izquierdo, se saca el poncho; remolineando el antebrazo, se lo envuelve con la misma prenda roñosa. Desde el piso el Ciclón lo ve dar dos pasos al frente: la faca mellada en la derecha, el antebrazo izquierdo protegido por el poncho, la piel lampiña, sucia, y un desmañado tatuaje que le cruza las clavículas: IRON-LION-ZION.

El carnicero carga hacia él con furia. La pelea es corta. Un hachazo de revés corta el aire en medio círculo, pero el Pampeano se encoge con agilidad y en el acto sale disparado hacia arriba, como un resorte: el brazo emponchado directo a los ojos del carnicero para que no vea en qué parte del delantal se le va a clavar la faca. El Pampeano se la hunde entera en el estómago, con un brusco cambio de dirección ya dentro de las entrañas. Cuando la saca, ampliando el tajo, da un paso atrás y se queda ahí, agazapado, alerta.

No hay segundo golpe. El carnicero cae de cara al piso y ya no se mueve más.

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