Bandera roja (13)

El día comenzó tranquilo. El hermano Marcelo me dio indicaciones de como entrar y salir de la estancia, y se fue a hacer alguna gestión. Dediqué la mañana a revisar la ropa disponible. Una buena cantidad me iba bien, incluyendo un traje de calidad. Revisándole los bolsillos encontré una cantidad de dinero. El hermano Marcelo comía gente pero observaba el voto de pobreza. Se me ocurrió que podía aprovechar los billetes para ir a comprar ropa interior. Aunque tenía la sangre fría para matar a un “niño”, no toleraba la idea de ponerme los calzoncillos de un muerto.

Fui hasta el centro de Alta Gracia donde encontré una tienda. La mujer que me vendió la ropa me miró con desconfianza. Generalmente las personas que pagan con dinero y no con cupones de racionamiento, son agentes de la policía secreta.

Aproveché el mediodía templado para caminar por los jardines del Gran Sierras Hotel, y almorcé lo poco que me vendieron en un almacén. De regreso a la estancia vi al hermano Marcelo bajarse de un Lada 125. Me hizo señas para que lo alcanzara. Llegando al portón, me puso una mano en el hombro y me dijo:

—Mañana va a ver al contacto. Ahora vaya a la cocina, tome algo de sopa y váyase a dormir.

—¿No me acompaña?

—No. Nunca tomo sopa.

Me levanté tarde. En el mesón de la cocina ya estaba servido el desayuno. Me senté y estuve media hora hasta que Marcelo entró.

Venía a darme instrucciones. Me explicó que la Alianza estaba infiltrada en el ministerio de Cultura y que usaba algunas actividades para encubrir una red de contrainformación. Esta tarde, se realizaba un encuentro de escritores que me iba a servir para hacer contacto.

El resto de la mañana fue tranquilo. Después del almuerzo me puse el traje y repasé los  libros había leído últimamente, como para mantener una conversación.

Pasadas las cinco de la tarde fuimos con el hermano Marcelo a la Casa Museo de Manuel de Falla. En el jardín había unos pocos autos, entre ellos el Lada que había visto a la mañana. Entramos. Había olor a café bueno, importado. No el café salteño que tomábamos habitualmente. Por las distintas habitaciones de la casa se veía a los asistentes pasear. Se notaba que la mayoría estaba al acecho por un bocadito. Reconocía algunos escritores prestigiosos de la provincia. Todos circulaban por los salones como si una fuerza invisible los organizara. Gravitaban alrededor de la señora Barros.

Apoyada en su bastón distribuía su tiempo y su atención entre los asistentes. La señora Barros era un fenómeno raro. Había empezado a publicar cuando ya había pasado los cincuenta años, y su literatura no se adaptaba a los cánones ideológicos del gobierno. Se sostenía por la fidelidad de sus lectores y el reconocimiento que iba ganando en el exterior. A pesar de que sospechaban que era opositora, la dejaban publicar para sostener la idea de que en el país no había censura.

El hermano Marcelo me llevó cerca de donde estaba la señora. Intercambió miradas con la escritora y se fue a otra habitación con la excusa de buscar un sándwich. La señora Barros se acercó y extendió la mano. Contesté el saludo pero no se me ocurrió nada que decir, así que ella habló directamente:

—Me dijeron que usted trabajaba en la Cinemateca, así que me imagino que sabe quién fue Hedy Lamarr.

—Si, por supuesto.

—Entonces sabe también quién fue Fritz Mandl.

—Uno de sus maridos. El constructor del Castillo de La Cumbre.

—Si. ¿Sabe quien maneja el Castillo ahora?

—No.

—Una amiga de Hedy. No imagine que hablo de una dulce viejita. La señora Lamarr tenía miedo de envejecer y estaba fascinada por los vampiros. En Hungría conoció a una que fue amante de Mandl. La misma que ahora está buscándolo a usted.

¿Y para qué necesita el Castillo esa mujer?

—Para distintas operaciones encubiertas. Pero sígame. Aquí podrían escucharnos.

La señora me tomó del brazo y fuimos a la sala donde estaba montado el buffet. Me pareció que dos escritores se hacían señas. Sentí también ruidos en el jardín.

Con una copa de vino en la mano la señora volvió a hablarme:

—Usted necesita buscar documentos y nosotros a una persona. Todo está en el mismo lugar. En el Castillo hay un laboratorio montado por Lyndstrom. Ahí tienen encerrada a una embrióloga obligada a trabajar en los híbridos. Su misión es ayudar a rescatarla, y de paso, aprópiese de los documentos del Congreso.

Mientras la señora me explicaba cómo se organizaría la brigada que me iba a apoyar, empezamos a escuchar ruido de golpes en el jardín.

—¿No deberíamos ver que pasa afuera? — pregunté.

—No. José, Esteban y Martín se están ocupando. Concéntrese en lo que voy a decirle. En el jardín está estacionado un Dacia. Estas son las llaves. En la guantera tiene dinero, una pistola y un mapa con instrucciones. Cuando esté cerca del Castillo va a encontrar a la brigada. Me volvió a extender la mano para dar por terminada la conversación. Sentí atrás mío la voz de Marcelo.

—Salgamos —dijo—, en poco tiempo va a haber agentes haciendo preguntas.

Afuera, en el jardín, estaban tres de los escritores que había reconocido en el museo. Uno tenía una herida en la cabeza. A pesar de que perdía mucha sangre le gritaba a los otros dos que terminaran con el trabajo. A unos metros había un cuerpo tirado.  Mientras el segundo le pegaba con el mango de un rastrillo, el tercero, que había llegado corriendo con una pala en la mano,  la levantó para dejarla caer con fuerza a la altura del cuello. Volví a ver la explosión de baba espumosa.

Tuve el impulso de ayudar al que sangraba, pero el ejecutor de la pala me detuvo:

—No tiene nada que hacer acá. Váyase y cumpla con lo que le corresponde.

Busqué el Dacia. Subí,  arranqué y aceleré camino a la estancia.

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