Musa (13)

Poco a poco el destello de las luces inundaba todo el lugar. Empecé a ver a más gente, apoyada en las paredes, yacían en el suelo, todos con sus heridas, sus RCEC arruinadas, sus frascos de drogas vacíos alrededor. No podría decir si estaban vivos o muertos, si estaban conectados o sus mentes estaban destruidas. Hombres y mujeres, de distintas edades, andrajosos, flacos y sucios.

 

El corredor se iba ensanchando a medida que me adentraba en él. Comencé a ver pequeñas construcciones, chozas de cartón, chapas y desperdicios de todo tipo. Mientras avanzaba, la cantidad de viviendas crecía, como si hubiera entrado a una ciudad desde la periferia, su basurero quizás, y estuviera llegando a la zona céntrica. Cada vez más luces, más casas humildes pero más elaboradas. En una de ellas divisé un perro que dormía junto a la puerta. Seguramente su dueño estaría dentro, conectado, perdido en otro mundo.

Comenzaron a formarse calles, con casas a los lados. Podía ver gente en el interior, algunos conectados con sus precarios métodos, otros cocinando. Algunos me miraron pasar, otros no me prestaron atención.

 

Cuando encontré la fuente con sus enormes luces, las que había visto a lo lejos, supe que estaba en el centro mismo del lugar. Allí había gente recogiendo agua con ollas, baldes, botellas. Algunos lucían cicatrices de conexiones tecno orgánicas mal realizadas o infectadas, pero todos se habían realizado nuevas, igual de precarias, así que a pesar del dolor que habían sufrido seguían conectándose.

Nadie me dirigió palabra pero se alejaban cuando pasaba. Un poco asustado me acerqué a la fuente y bebí agua con las manos.

Sentado en el borde miré a alrededor.

Debía haber miles de personas en ese lugar. Quizás uno de los barrios, imaginé que habría más, de una ciudad oculta bajo la superficie, donde la gente vivía para conectarse como todos, sin distinción de clase.

Era claro que por donde había ingresado no era la puerta de entrada sino la salida de este sitio. El lugar al que ibas a conectarte por última vez cuando notabas que tu cuerpo y tu mente estaban destruidos. Un cementerio en el que, a la manera  de los esquimales que al envejecer se alejan de la tribu y hacen un viaje final hacia el mar, los adictos van a conectarse y a perderse por última vez en una dosis de droga y una Musa.

Porque al ver esto al fin lo acepté. Ya éramos todos adictos: a la droga, a las RCEC, a huir.

¿Cuándo sería mi turno de viajar así? Todos lo haríamos tarde o temprano. Todos perderíamos la razón.

Parecía la mejor forma de morir, la única posible para mí. Destruir mi mente por pasión  a las fantasías que creaban otros.

 

Me quedé un largo rato allí y tuve la sensación de que la noche terminaba y la ciudad de arriba estaría despertando, pero aquí la gente comenzó a desaparecer de a poco. Todos irían a cumplir el rito que compartíamos. Tomar la droga, conectarse, desaparecer por un rato.

Mi mente estaba confundida, la realidad y la Musa se mezclaban. El Artífice demostraba seguir siendo un genio. Aunque de a ratos recuperaba la noción de estar en una RCEC, la mayoría del tiempo sentía lo contrario. Mi caminata, este lugar, todo era real. Seguro que lo era.

 

El lugar quedó vacío, en silencio. De pronto escuché el ladrido de un perro, después de varios, y entonces un murmullo comenzó a llegar a través de las calles.

Me puse de pie y esperé.

 

Primero llegó un niño delgado, con ojos grandes y una sonrisa. Detrás de él aparecieron decenas de niños, jugando, riéndose. Todos delgados y con la ropa en jirones pero felices.

Me vieron y me rodearon, sin decir palabra. Me examinaron, se decían cosas al oído y se burlaban de mí. Después de un rato se alejaron y se pusieron a jugar en la fuente. Corrían, se mojaban, saltaban.

Los niños, por razones de crecimiento físico y mental, no podían realizarse la conexión, eran ajenos a las Musas.

Sentí una emoción extraña. Los ojos se me llenaron de lágrimas.

Los adultos estarían conectados y ellos, al estar solos, aprovechaban para jugar. La ciudad era suya.

 

Sin decir palabra, me quedé allí, viéndolos inventar sus juegos de la nada.

 

Entonces guiado por un presentimiento miré hacia atrás. A lo lejos un hombre me hizo una seña con la mano para que lo siguiera y se alejó.

“Es él”, pensé, y caminé rápidamente en su dirección.

 

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