La marea de bronce (12)

La casa de piedra

 

Emir observaba como el hermoso cuerpo de Jonté se contorneaba sobre él. Sentía su miembro hundirse en el cuerpo de la joven y observaba el rostro perfecto de la mujer mohaw entregado al placer. Esperó a sentir que ella se acercaba al clímax y la tomó de la cintura, en un solo movimiento la puso debajo de él y aceleró el ritmo de su penetración. Sintió cómo el vientre de la joven se contraía, temblaba y se estremecía bajo su ritmo. Ella gritó, cerró sus ojos y se mordió los labios. Esa visión precipitó a Emir a terminar dentro de Jonté. Luego, él se derrumbó en el lecho de pieles con la respiración entrecortada. Ella puso su cabeza sobre el fornido torso del general y lanzó una sonrisa. Emir sintió que el rostro de Jonté se asemejaba a una mañana de primavera que aún se empeña en recordar el invierno.

—Pagaría mil veces el precio de este pecado, hermosa niña. —dijo después de besarla.

—No hablemos de cosas tristes, Emir. Los días son demasiado pálidos para agregar una sombra cuando algo brilla.

—En diez inviernos marcharemos a la guerra. Encontraré la manera de que vayas conmigo o suplicaré a los grandes que me permitan dejar el Yelmo de Carnero y nos iremos a los bosques del norte, lejos de cualquier suplicio.

—Tus palabras son un sueño, general. Comprendo la trama en la que está enredada esta pasión. Te deseo, te deseo como no he deseado a otros, como jamás desearé a otro. Pero no me hagas ser la garra del oso que corta la vida del salmón en pleno vuelo hacia el nacimiento del río. No soportaría ser tu perdición. —dijo Jonté levantándose de la cama. El general Emir la siguió y tomándola de atrás le besó el hombro.

—Hace un verano atrás, mi corazón era sólo un pozo negro preparado para la guerra y la muerte. Una máquina insensible articulada para lograr siempre mejor el objetivo de la guerra. Hasta que te vi en ese lago, recostada en tu canoa mirando el sol en medio del agua, no sabía lo que era sentir el don de la vida. Días pálidos, dices, no he vuelto a ver uno desde que entré en ti esa tarde en el Bosque de los Conejos.

Jonté se dio vuelta y besó a Emir, tomándole el rostro con ambas manos. El general la condujo a la cama y la penetró despacio, siguiendo el ritmo que le indicaban los besos que Jonté no paraba de darle. No tardaron mucho esta vez.

 

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