Perpetua en Eribea (12)

Mi nombre es Otto Reinhardt. Nací en Bremen, hijo de una madre soltera. La leucemia se la llevó joven, pero ella alcanzó a enseñarme el amor de Jesús. No tengo parientes. Mi único pecado fue aceptar que el capitán del Fraulein ordenara quedarnos un día más en Colonia. De zarpar en fecha, podríamos habernos salvado. Pero él conocía a una uruguayita que valía la pena…

Hay cajas de madera estibadas hasta perderse en la oscuridad del techo. La bodega es recorrida por sombras oscilantes, producto de una lámpara que balancea su cono de luz. Los textos pintados con aerosol y plantillas sobre la burda madera de las cajas son ininteligibles, pero el logo del Website de la Memoria se ve dibujado claramente en varias de ellas.

Al capitán ya no puedo reclamarle: él también sufrió las consecuencias de su decisión. Con usted sí puedo desquitarme.

Reinhardt se acerca. Ahora se ve que tiene un crucifijo plateado colgándole del cuello. Clement se prepara para los golpes. Los puñetazos impactan duramente en la cara de Daniel Clement, traspasan sus manos si intenta cubrirse con ellas. Manos de fantasma. No puede reprimir el ataque, no puede esquivarlo —clavado en su banco de madera—, no puede dejar de ver cómo los puños vuelven al rostro una y otra vez.

Como siempre, lo más logrado de la escena es el dolor. En todo lo demás hay defectos que Clement ya se ha habituado a reconocer. Vuelven a fallar los olores, quizás por la máscara de oxígeno. El rostro del marinero no se ve definido, como si lo hubieran reconstruido a partir de una borrosa foto de pasaporte. El marco remachado de un ojo de buey de repente parpadea y desaparece, aunque el hueco negro y redondo todavía horada la pared metálica. Quizás algún día cambie pero, por ahora, lo virtual todavía se reconoce en su condición. A pesar de esas fallas técnicas, el dolor… Cuánta atención habían puesto en el dolor, qué fidelidad podía alcanzar el gel cuando la data que debía canalizar y distribuir era la del quebranto y los golpes, la de la carne quemada o la sangre que explota y se esparce en secreto bajo la piel.

La golpiza cesa. Reinhardt habla.

Mírame a los ojos, hijo de puta, dice en un español muy castizo, pero con acento alemán. Toma a Clement de los cabellos, forzándolo. ¿Tienes algo que decirme sobre el evento del 11 de mayo, hijo de puta?

Que no fue un “evento”. Fue programado. En todo caso, lo lamento. Mucho. De verdad.

¿Y sobre tu responsabilidad en la catástrofe que borró a ciento cuarenta millones de personas en Buenos Aires, La Plata y Colonia? ¿Qué tienes para decir, grandísimo hijo de puta?

Que el que ordenó el armado y transporte del Héxagon por vía fluvial no fui yo. Jamás hubiera permitido una locura así.

¿No? Tu firma estaba en todos los papeles, hijo de puta.

Esas firmas eran falsas.

En el juicio quedó demostrado que eran las tuyas, hijo de puta.

Alguien había pensado que el marinero de un mercante alemán debía repetir “hijo de puta” cada vez que abriera la boca. Probablemente un diseñador voluntario del Website, que no conoció de verdad al tal Otto. Habrá escrito el código de su epitafio con la sola base de una foto vieja, rellenando lo demás con su propia imaginación. Clement se retuerce de fastidio.

El Interinato de Buenos Aires no tiene valor como juzgado. Además sus peritos fueron comprados. Necesitaban un culpable. Caí en una trampa.

Ah, ¿sí? ¿Tendida por quién?

Garro. Lo que el General quería era…

Basta de mentiras. Ya las repetiste bastante durante los ocho años del juicio.

Clement conoce bien estas interrupciones. Surgen cuando la máquina anticipa que no podrá seguir el curso del diálogo. Insiste:

Garro los ayudó a que descubrieran que sí teníamos armas de destrucción masiva. Con ese pretexto, ellos ya podrían venir con su flota a…

¡Y sigues mintiendo ahora también, hijo de puta!

Vuelven los golpes. La quebradura del tabique es un ramalazo eléctrico que cruza entre los ojos. No es que Clement se haya olvidado lo que se sentía —ya ha perdido la cuenta de la cantidad de veces que alguna de las víctimas le ha roto la nariz—, incluso hubiera podido describirlo de antemano y todo. Lo que sucede es que cada vez parece experimentar ese dolor puntual por primera vez. Clement ve su sangre —la representación de su sangre— sobre sus propios zapatos. No puede defenderse; tampoco llega a desmayarse. No puede abandonar esa bodega de barco más que de dos formas: con su propia muerte, una salida infinitamente más dolorosa, o bien…

Tiene razón. Soy enteramente responsable de lo que pasó.

¿Algo más, hijo de puta?

No.

Entonces puedes disponer de tus tres preguntas libres, hijo de puta.

Clement está por disparar la subrutina dialógica que sobreviene a su declaración de cansancio, pero el hartazgo lo inclina a probar si puede salvar una repentina duda.

Quisiera saber para qué mierda me dan estas preguntas libres.

La pregunta sale envuelta en la perplejidad de no habérsela planteado al sistema nunca antes. El marinero queda unos segundos en silencio. Cuanto más complejas o arbitrarias las preguntas libres, más suelen demorar las respuestas.

Es tu único derecho, dice al fin. El cigarrillo que no se le niega a quien va a ser fusilado. Y también es por tu salud, hijo de puta. Para que puedas ejercitar otras bifurcaciones en la interacción. Una distracción para preservar tu salud mental.

Mi… ¿salud mental?

Sí.

Clement lleva sus manos de fantasma a las sienes y comienza a reír. Primero despacio, y después con ganas, ahogándose, sorbiendo sangre y flema. El dolor latiéndole como un árbol, desde la nariz hasta las venas de la frente.

Van dos preguntas. ¿Tienes otra más, hijo de puta?

No.

¿Estás seguro, hijo de puta?

Sí.

El marinero sonríe.

Entonces hemos terminado por hoy.

_______

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