Bandera roja (12)

—¿Coordenadas?

—Si, coordenadas.

—¿De qué?

—De puntos en un mapa. Eso es obvio.

— Claro, eso lo entiendo, ¿pero señalando qué?

—Es difícil de establecer. Pareciera que esto es solamente la mitad de un documento, que a su vez es parte de una serie de instrucciones.

—¿Eso cómo lo sabe?

—Junto con las coordenadas están detallados una serie de procedimientos para establecer un punto de encuentro.

—¿Y todo eso en arameo?

—¿Por qué no? Son criaturas antiguas.

—Volvamos al asunto. Usted dijo “punto de encuentro”, ¿para que se encuentren quiénes y para qué?

—Para asistir a una sesión del Congreso. Para su información, nunca se reúnen dos veces seguidas en el mismo lugar.

La tranquilidad del hermano Marcelo me ponía nervioso. Como todos los religiosos, hacía ostentación de una calma propia del que sabe que tiene el cielo ganado. Con el agravante, claro, que este buen hombre de Dios era un mutante peligroso que tenía la necesidad de alimentarse de la sangre de sus cofrades.

Traté de controlarme. Si Nora confiaba en él, y a su vez Tanaka confiaba en Nora, podía estar tranquilo. Seguí interrogándolo.

—Lo que no entiendo es esto: si tenían las indicaciones archivadas es porque conocen el punto, ¿para qué quieren recuperar la carpeta?

—Usted es demasiado lineal en su razonamiento. Quizás la mujer que lo sigue no sea la dueña del documento. Y en el caso que sí lo fuera, puede estar tratando de evitar que caiga en manos del bando enemigo.

Recién ahora tomaba conciencia de lo que me había explicado Johnson cuando estuvimos en la iglesia de los Hermanos Libre. Estábamos en el medio de una guerra entre vampiros. Si Lyndstrom era miembro del Congreso, buscaba los papeles para mantener en secreto la reunión; en cambio, si era de los disidentes, los necesitaba para planear un ataque. Respiré hondo y traté de pensar con más claridad.

—¿Cómo vamos a hacer para averiguar lo que falta?

—Lo más lógico es actuar de una manera desconcertante. En vez de seguir siendo la presa, salga usted a buscar a esta mujer y apropiese del resto del documento.

¿El hermano Marcelo estaba loco? Sin embargo, el planteo no estaba desprovisto de lógica.

—De todas maneras —continuó—, no va a poder salir hasta que no le haya pasado por escrito una traducción de estos papeles; y aunque esto estuviera listo va a necesitar que lo acompañe una persona que sepa arameo para traducir el resto. Si lo encuentra, claro.

—Johnson. Pero está escondido en alguna casa segura de la Alianza.

—Entonces eso nos lleva a tener que buscar el contacto con la Alianza. ¿Le gustan las tertulias literarias?

—No sé. ¿Por qué?

—Porque mañana vamos a asistir a una.

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